sábado, 23 de junio de 2012

ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN: El sueño de un modelo económico ético

¿Se imaginan que el mundo de los negocios se midiera por magnitudes como la cooperación y el reparto justo de la riqueza, y no por la competencia y la acumulación de capitales? Suena utópico, pero en Europa ha nacido un movimiento que demuestra que es posible. Ya hay una universidad, tres bancos y 700 empresas -100 de ellas españolas- apuntadas a la Economía del Bien Común.

El promotor de este modelo es el austricao Christian Felber y sostiene que el dinero debe ser un medio para genera beneficios en la comunidad, no un fin en sí mismo, como ocurre ahora. “El actual modelo económico es tan perverso que permite que los productos del comercio justo sean más caros que los que fabrican manos de niños”, afirma.


Nadie querría tener por amigo a alguien que desea destruir al vecino, ni permitiría a su hijo que se mostrara insolidario con sus compañeros, ni desearía verle convertido en un avaro. Sin embargo, el actual sistema económico premia a las empresas que acaban con sus competidores, la bolsa aúpa a las compañías que mejoran sus balances cuando despiden a media plantilla y el ranking de milmillonarios es la vara de medir del éxito en los negocios. ¿Cómo es posible que los valores que gobiernan la economía sean los opuestos a los que guían las relaciones humanas? Si en nuestras vidas apreciamos la solidaridad, la cooperación y la generosidad, ¿por qué nos regimos por un sistema basado en la competencia, el ánimo de lucro y el egoísmo?

En Austria y Alemania, un grupo de economistas, analistas y estudiosos de distinto origen lleva varios años dándole vueltas a esta pasmosa contradicción. Tratan de dilucidar en qué momento la economía se divorció de la ética y si habría alguna manera de volver a reunirlas. A finales del año 2010 diseñaron un modelo que pretende hacer compatible los asuntos del bolsillo con los de la moral. Lo llaman Economía del Bien Común y sus principios, que de lejos pueden sonar a utopía de un mundo feliz, tan ideal como irrealizable, están sustentados en referencias y cálculos reales, contantes y sonantes.

El filólogo, bailarín y profesor de Economía de la Universidad de Viena Christian Felber (Salzburgo, 1972), principal impulsor de este proyecto, lleva dos años viajando por Europa sin parar de mover los brazos como si fueran las aspas de un molino. Con ellos construye imaginarios gráficos en el aire para explicar la idea nuclear sobre la que se sustenta el cambio que propone: frente al modelo actual, en el que el éxito depende de la competitividad y la acumulación de dinero, la Economía del Bien Común entiende que las mejores empresas deberían ser aquellas que cooperan más con otras entidades y las que generan más beneficios para la comunidad.

Felber parte de lo inoperante que resulta la mayoría de las variables que evalúan hoy a la economía: “El PIB, considerado el mayor objetivo, puede aumentar en países en guerra o que no respetan los derechos humanos. Las empresas se miden por sus balances, pero estos no dicen nada sobre las condiciones laborales de sus trabajadores, ni si cuidan o arrasan el medio ambiente. La economía está basada en patrones diabólicos que permiten situaciones tan perversas como que los productos del comercio justo, elaborados con respeto a los derechos de los trabajadores y con sensibilidad ecológica, sean más caros e inaccesibles que los que contaminan y los que fabrica la mano de obra infantil”, señala.

Esta contradicción es fácil de observar, pero trasladar los valores humanos a las leyes del mercado no resulta tan intuitivo. Para lograrlo, Felber invita a sustituir los indicadores monetarios que hoy miden el éxito económico por otros de tipo social. Este nuevo modelo propone que tanto las empresas como las economías nacionales sean auditadas en base a una lista de 17 variables que cuantifican aspectos como la calidad de las condiciones laborales, la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, el reparto mesurado de la riqueza en las entidades, su nivel de democracia interna, lo cooperantes que son con otras compañías similares y el valor social que aporta la labor que realizan.

“El siguiente paso sería premiar con ventajas fiscales y contratos preferentes con la Administración a las empresas que obtienen una puntuación alta en los indicadores del Bien Común y facilitar que sus productos sean más demandados por los consumidores. En igualdad de condiciones, ¿quién iba a preferir unos zapatos fabricados con normas esclavistas y cuya producción sólo beneficia a un fondo de inversión frente a otros que respetan los derechos laborales y el medio ambiente y, además, reparten los beneficios de manera justa entre los trabajadores?”, se plantea este economista.

El plan no pasa por alto el asunto de los salarios. Actualmente, el sueldo más elevado en Austria es 800 veces mayor que el más pequeño. ¿Suena injusto? Pues puede superarse: en Alemania, esa diferencia es de 5.000 veces, y en Estados Unidos el múltiplo alcanza la escandalosa diferencia de 360.000. La Economía del Bien Común propone que dentro de una empresa el mayor salario nunca debería ser más de diez veces mayor que el más pequeño. “La cifra no me la he inventado yo, es lo que han contestado las 50.000 personas de toda Europa a quienes he hecho esta pregunta. Es decir: es el tope máximo de diferencia salarial que la gente considera justo”, aclara Felber.

La propuesta es revolucionaria, pero los instigadores de este nuevo régimen económico distan mucho de parecer bolcheviques llamando a las puertas del Palacio de Invierno. Aunque supone poner patas arriba el sistema financiero actual, el modelo que proponen no contradice dogmas básicos del capitalismo como el respeto a la propiedad privada y la generación de riqueza, pero cambia el orden de los factores “Se trata de que el dinero sea el medio para generar beneficios en la comunidad, no un fin en sí mismo, como ocurre ahora”, explica Felber. ¿Y cómo se lleva a la práctica? “De abajo a arriba, empezando por las bases de la economía, y no imponiéndolo, sino invitando a que cada vez más personas, empresas y entidades apliquen esta regla”, responde el gurú de este nuevo canon económico.

Este movimiento empezó tímidamente, pero la difusión de sus ideas no ha parado de crecer desde que las pusieron en circulación: en toda Europa ya hay 700 empresas dispuestas a aplicar estas nuevas reglas de juego, 100 de ellas radicadas en España, y en Alemania hay tres universidades, un banco y múltiples entidades públicas y privadas que se han interesado por esta otra forma de organizar los negocios.

Persuadidos por sondeos de opinión como el de la fundación Bertelsmann, que revela que entre el 80 y el 90 por ciento de centroeuropeos desearía disponer de un sistema económico diferente al actual, proponen que los productos que se comercializan en el mercado cuenten con una pegatina, situada junto al código de barras, que indique en qué medida ese artículo y la empresa que lo ha fabricado cumplen con los baremos del Bien Común. “Si la gente empieza a preferir los productos que puntúan alto en ese código, las empresas y los países no tardarán en preocuparse por cumplirlo”, advierte en un perfecto castellano Christian Felber, quien recientemente estuvo en España presentando el libro La economía del bien común (Deusto), donde explica las claves de este nuevo canon económico. La edición en alemán ya lleva vendidos 25.000 ejemplares.

“Esto no es una utopía, es un sistema perfectamente calculado que puede llevarse a la práctica cuando las empresas y los ciudadanos lo decidamos”, señala Francisco Álvarez Molina, antiguo vicepresidente de la Bolsa de París y ex director de la de Valencia. Este exiliado del mundo de las finanzas tradicionales y actual consultor de ética corporativa se ha convertido en uno de los embajadores de este movimiento en España y viaja por todo el país ofreciendo talleres a empresarios e instituciones que han mostrado interés en regirse por estas nuevas normas. De momento, el ayuntamiento de Muro d’Alcoi (Alicante), de 9.000 habitantes, ya ha anunciado que este año implantará el Balance del Bien Común. “Esto no es una aventura de cuatro ingenuos, sino algo real. Ya hay empresas organizándose mediante este sistema que, a parte de generar riqueza, es más justo y ético”, señala este asesor financiero.

José Manuel Ortiz, ingeniero técnico y propietario de la empresa de instalaciones para el hogar Install Flow, con sede en Sabadell, coincide con esa impresión. Tiene cinco empleados trabajando en Bélgica, debido a la caída de actividad que hay hoy en España, y asegura que desea aplicar en sus cuentas el Balance del Bien Común y que auditen si respeta con los preceptos de este nuevo modelo económico. “Sería como cumplir con las normas ISO que hoy ya existen, pero estas orientadas hacia los aspectos éticos de los negocios, y animaría a la gente a preferir estas empresas a otras. Yo entiendo que en el mundo exista la avaricia, pero me resisto a admitir que el sistema esté organizado para premiar al avaro. Y hay muchos empresarios que piensan como yo”, dice este emprendedor de 41 años, que ya ha inscrito a su compañía entre las que dan apoyo a este movimiento.

También lo ha hecho Jordi Bosch, informático de 31 años, quien a través de su empresa, Digital Age Service, radicada en Terrassa, trabaja con una red de colaboradores para ofrecer servicios informáticos y aplicaciones para móviles y páginas web. Su punto de vista echa por tierra el dogma liberal que considera a la competitividad una condición indispensable para que aflore la innovación. “Es falso. Lo que mata la creatividad es el actual modelo, que entierra los talentos en sistemas empresariales injustos que fomentan que la gente se acomode y no innove”, opina este empresario. Al hilo de esta reflexión, Christian Felber cita uno de sus ejemplos favoritos: “Los años en los que Steve Jobs y Bill Gates eran más innovadores no fueron cuando dirigían multinacionales, sino cuando trabajaban en los garajes de sus casas”.

¿Estamos ante un sueño idealista o frente a la revolución del siglo XXI? “El planteamiento de devolver la economía al redil de la ética tiene sentido. Lo que veo más complicado es cómo llevarlo a la práctica. Me chirría la idea de que el Estado premie o castigue a las empresas en función de cómo se porten”, señala el periodista Antonio Baños, especializado en crítica económica. Sin embargo, para el autor de Posteconomía (Los libros del Lince), que resulte difícil implantar este modelo no significa que sea una tarea imposible. “Más utópico y artificial es, a priori, el capitalismo financiero, y es el sistema que tenemos. ¿A alguien se le ocurre algo más sofisticado que la prima de riesgo? Al menos, la solidaridad y los beneficios sociales sí son magnitudes reales”, destaca este analista. Baños encuentra una señal especialmente esperanzadora en este movimiento: pretenden empezar por las bases del sistema económico, como son las empresas, los consumidores y los ayuntamientos. “Este cambio no es para pasado mañana, hemos de ir poco a poco, y lo primero es convencer a los ciudadanos de que podemos organizar los negocios de otra manera”, subraya Álvarez Molina. “Al final, esto funcionará si la gente ve que es imprescindible que se aplique. Y hoy, con la crisis, hay mucha más personas que piensan así”, concluye Baños.
(El Periódico de Catalunya)

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