domingo, 14 de abril de 2013

Conversación con MANUEL VICENT, el cronista de la Transición


Foto: Agustín Catalan
El escritor valenciano “vomita” sus novelas de forma compulsiva en tres meses después de dejarlas fermentar en su cabeza durante años. Pero sólo se pone a disparar cuando le obliga un contrato editorial. Así germinó, creció y vio la luz su obra de 2013, ‘El azar de la mujer rubia’, un retablo de los últimos 35 años de historia de España que ahora, en plena crisis de la transición, parece el epílogo de este período histórico.

Aunque este negocio va de verbos y sustantivos, en el principio de todo siempre hay una imagen, un fogonazo, un resplandor. Mil palabras podrán acabar valiendo más que una estampa, a veces mucho más, las hay muy buenas, pero sin la huella que esta deja en la imaginación, aquellas jamás sonarán. Manuel Vicent y su última novela son una prueba de la infinita deuda que la literatura tiene contraída con el registro visual. Invitado a hacer arqueología por la prehistoria de esta narración, al final de ese camino el autor no encuentra otra cosa que una foto. La tomó el 17 de julio del 2008 el hijo de Adolfo Suárez en el jardín de la casa de su padre y en ella aparece el político de espaldas paseando junto al rey Juan Carlos. Así nació su último libro.


Al día siguiente la imagen salió en la prensa y a Vicent se le inflaron las aletas de la nariz nada más verla. ¿De qué irían hablando? ¿Qué le estaría contando el monarca? Pero sobre todo, ¿qué iría pensando el ex presidente, cuya mente llevaba ya años convertida en un paisaje con niebla espesa?

Acababa de echar raíces en la imaginación del escritor El azar de la mujer rubia, su novela de este año, en la que la memoria difusa de Suárez le sirve de lienzo para trazar un retablo de los últimos 35 años de historia de España y, de paso, poner el foco en algunos personajes que en su día no estuvieron bien iluminados, como Carmen Díez de Rivera, la que fuera secretaria del ex presidente y amiga del rey, sin olvidar a los que entonces sí concentraron flashes y miradas. De Fraga a Felipe González, de Carrillo a Aznar y Zapatero, los protagonistas de nuestro pasado más reciente desfilan en la obra ante la mirada con rayos X del novelista y cronista nacido en Villavieja (Castellón) hace 76 años.

Ahora que la transición huele a presa fácil, la novela de Vicent ha cobrado la sonoridad de un réquiem en un entierro. Parece el epílogo literario perfecto para un período del que nadie quiere hacerse cargo. Aunque el libro empezó a gestarse en el 2008, la coincidencia de su publicación con la última oleada de casos de corrupción y el ambiente de hundimiento que se respira en el país ha acabado afectando a su bautismo. Durante la promoción, los periodistas frieron al autor a preguntas que incitaban a comparar aquellos tiempos con los de ahora. Se buscan claves que ayuden a entender cómo hemos llegado donde hemos llegado.

“Comprendo la insistencia, porque en esos personajes y hechos que aparecen en la novela están los gérmenes de lo que hoy vivimos”, dice el escritor, y da su diagnóstico del contraste: “La transición fue una aventura que salió bien. Se hicieron muchas cosas mal, por las prisas y el equilibrio de miedos que había, pero todos se concitaron para dar lo mejor de sí mismos y sacar la carreta de la charca. Esa voluntad ahora no existe. Hoy la política se ha vuelto tóxica, y todo lo que entonces fue positivo, ahora es negativo”.

No cree pecar el novelista de idealización cuando lanza la mirada atrás. “Desde la llegada de Suárez hasta el golpe de Tejero, España fue una acracia. Aquí estaba prohibido prohibir, no había que pedir permiso para nada. Si tenías que rodar con una cámara en la Gran Vía de Madrid, ibas y lo hacías, no se te ocurría solicitar ninguna autorización. Y si se acercaba un guardia, le decías: ‘oiga no me moleste”, recuerda. Sin duda, hubo otros tiempos en este mismo lugar. “Aquel fue un momento de libertad, de mucho sexo, de cambios conyugales. Los políticos jóvenes se empataban con las periodistas y mudaban de pareja sin problemas. Y al acabar las sesiones del Congreso nos íbamos todos a cenar y tomar copas a bares cargados de humo”, relata.

Siendo como es tan visual su escritura, Vicent no ha necesitado volver a mirar aquellas estampas, ni los vídeos de los discursos de entonces, para retratar a sus protagonistas de nuevo con el trazo impresionista del que hace gala en el libro. Vicent fue cronista parlamentario en las cortes constituyentes y desde un rincón del hemiciclo tomó nota de los detalles que delatan el espíritu de los oradores. Varios aparecen retratados a bisturí en la novela.

Está Felipe González, “con su pinta de macho del sur, la nariz pellizcada hacia arriba y el morro inflamado, la ceja espesa, el antebrazo peludo, la nobleza en la mirada”. Y Tierno Galván, “ese político de cuello ladeado, como de ciego, que se movía con un aire de galápago anfibio bajo la chaqueta cruzada gris perla”. Y Fraga, el que “hincaba los zapatones en la tarima, echaba un regüeldo con sabor a codillo y se veía a simple vista que las ideas le empujaban las cejas entre el rumor de su masa encefálica”. Y Santiago Carrillo, el líder comunista mitificado como un demonio por el Régimen, que se presentó ante la prensa sin peluca “con la traza de un viejo pícaro, el ojito estallado en los lentes, la napia carnosa, el rostro macerado por los golpes de la vida y un cigarrillo en la mano”.

Pero también hay pinceladas sobre protagonistas más recientes de nuestra historia, como el último presidente de Gobierno: “Usaba la sonrisa como un arma. Este político amable, sonriente y educado, con un optimismo antropológico, acabo siendo batido por un oleaje imprevisible, en medio de una crisis mundial que se le echó encima”, dice acerca de José Luis Rodríguez Zapatero.

Y está, sobre todo, Adolfo Suárez, aquel líder que daba apretones de manos “sacando el codo para frenar el impulso del saludado, con ese gesto de liberar la yugular del dogal de la corbata tirando desde arriba la quijada”. El novelista lo tuvo delante en muchas ocasiones: “En la distancia corta era muy seductor. Cuando te hablaba te daba la sensación de que eras lo único que le interesaba de este mundo”, recuerda.

Manuel Vicent lleva cuatro décadas construyendo retratos literarios de figuras públicas de todo tipo en multitud de artículos de prensa y relatos. Maestro en esta lid, dice tener su propio truco, el cual contradice a los manuales de periodismo. “Procuro documentarme poco, el exceso de datos sobre el personaje es una rémora. La clave no es saberlo todo sobre él, sino enfocar bien, disparar desde la distancia exacta”, revela. El sistema es igualmente válido para la descripción de lugares. “Cuando escribo de viajes, nunca tomo notas y siempre dejo pasar un tiempo antes de sentarme. Pinto de memoria, del impacto que esa imagen dejó en mí. A efectos literarios, me parece más interesante el humo que queda en mi interior, que es sólo mío, que una descripción exacta y real”, explica.

Vicent muestra sus cartas: el método literario que le ha servido para alumbrar más de cuarenta libros -entre novelas, colecciones de relatos, obras de viajes y antologías de artículos periodísticos- se asemeja a la lógica que rige en las depuradoras. Uno y otras operan por decantación. Entre el instante que el autor vislumbró el primer fogonazo de su última obra y su llegada a las librerías han pasado más de cuatro años. El novelista no ha necesitado todo este tiempo para escribirla, pero sí para que ganara cuerpo en su cabeza. “Cuando tengo la idea de una novela, procuro dejarla estar en mi imaginación. La pienso, convivo con ella, le doy vueltas, pero sin tomar notas. Es como una nebulosa que va ganando densidad por sí sola”, revela.

Entre medias, en este tiempo el autor dio a luz también a Aguirre, el magnífico, un retrato literario del último duque de Alba, y de su contexto, que igualmente siguió el mismo proceso de decantación natural de todos sus libros. Finalmente, el pasado verano se sentó a escribir la novela que llevaba varios años rondándole la cabeza y en tres meses tenía el manuscrito listo para enviarlo a la editorial. “Escribo muy rápido, compulsivamente, como si necesitara sacarme la historia de encima y vomitarla pronto, las palabras cabalgan queriendo salir”, señala.

Parece un trance, pero no suena gozoso. “Yo no disfruto escribiendo. Tengo la sensación de que si me lo paso bien, el lector luego se lo pasa mal, y al revés”, confiesa. Aun así, no todo es tormento en el momento de vomitar sus libros. “Raramente estoy satisfecho con lo que expreso, pero a veces noto que lo que imagino se acomoda bien a lo que cuentan las palabras, y ahí sí siento un cierto placer creativo. Alguna compensación debía tener, porque este es un oficio muy vocacional, uno no se mete a escritor para hacerse rico”, razona.

Cuando el autor levantino publicó su primera novela, Pascua y naranjas, premio Alfaguara de 1966, no sospechaba que la mayoría de sus escritos se venderían antes en los kioscos que en las librerías, pero su promiscua relación con la prensa ha acabado impregnando a su forma de trabajar del ritmo industrial de los periódicos. “Las prisas, el encargo, la llamada del redactor jefe, la obsesión con el día de entrega. Todo eso es lo que hace que me siente a escribir. Mis novelas las he compuesto siempre bajo la presión del contrato con la editorial. Creo que sin esa obligación, no las habría hecho, porque yo ya soy muy feliz sin escribir”, asegura.

Lo era entonces, cuando tomaba copas con los diputados de las cortes constituyentes en tugurios humeantes después de asistir al levantamiento del sistema político que ahora se resquebraja, y lo es hoy que el ambiente y él son bien distintos. “¿Que si me afecta lo que está pasando? A partir de cierta edad tiendes a crear a tu alrededor una zona de tierra quemada para sobrevivir al horror. En mi caso, dentro de ese perímetro hay lecturas, música, amistades, copas de media tarde y viajes al mar. Placeres baratos y efímeros, al alcance de la mano. Porque el placer, si no es barato, no vale”, declara.

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El Periódico de Catalunya

1 comentario:

  1. Eres Genial Juan, me encanta tu pluma y forma de escribir.....

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