domingo, 16 de junio de 2013

Entrevista a Antonio Muñoz Molina: “Estar orgulloso de tu nación es como estarlo de tener dos orejas”

Foto: Jose Luis Roca
La crisis ha llenado las librerías de tomos de economía que desmenuzan la recesión al derecho y al bies con profusión de gráficos y números. En cambio, brillan por su ausencia las explicaciones del hundimiento moral que ha acompañado, o precedido, a la debacle económica. Incapaz de resistirse a escrutar lo que pasa a su alrededor, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha reunido en un libro un inventario de los rotos que llevábamos en el traje cuando nos creíamos vestidos de fiesta.
Todo lo que era sólido (Seix Barral) salió a la venta hace varias semanas, pero al autor, que sigue viviendo entre Madrid y Nueva York, no ha podido hacer la promoción del libro hasta ahora. En estas, el miércoles sonó su teléfono para anunciarle que le habían concedido el Príncipe de Asturias de las Letras. Ni aun así es posible arrancarle una señal de complacencia. Está preocupado por lo que ocurre, enfadado por no haberlo visto antes, y no tiene interés en disimularlo. Los paños calientes, búsquense en otra parte.

-Mario Vargas Llosa se preguntaba cuándo se jodió el Perú. ¿Tiene claro cuándo se jodió España?

-En España han pasado cosas buenas y malas simultáneamente. Aquí, mientras se cometían auténticos desmanes, a la vez tenían lugar grades avances en educación, sanidad y seguridad pública. Estos logros nos parecen una tontería porque estamos acostumbrados a ellos, pero en otros lugares no existen, y debemos valorarlos, porque podemos perderlos.

-¿Cuándo empezaron los desmanes?

-La llegada del dinero fácil fue terrible para este país. Hay un salto de escala cuando a la ley del suelo de Aznar se le suman los créditos baratos que llegan de Europa y todos nos volvemos locos con el euro. Esto hizo posible los proyectos disparatados y elevó la corrupción. En ese momento, las debilidades del sistema quedaron a la luz. No hubo controles democráticos, no hubo sentido de la responsabilidad pública. Pero la cultura del despilfarro viene de atrás.

-¿De cuándo?

-Yo me recuerdo escribiendo desde hace muchos años contra esa propensión a la juerga oficial. En mi tierra, Andalucía, estaba especialmente pronunciada. En 1992, cuando la Expo, ya portábamos muchos de los defectos que luego se convirtieron en locura. Tengo artículos de esa época protestando contra disparates como que la Junta de Andalucía patrocinase una escudería de coches, o que el Ayuntamiento de Madrid apadrinara un caballo.

-Dicho hoy suena a chiste.

-Pues ocurría. En esa atmósfera se promocionó la fiesta sobre el trabajo, se permitió la falta de seriedad en la Administración, se fomentó el populismo y la entrega absoluta a los rituales católicos, se consintió el disparate de las teles autonómicas.

-¿No vimos los disparates o no los quisimos ver?

-Se ofreció una visión sesgada de la realidad. La gente veía lo que hacían los otros, pero no los nuestros. A España le ha hecho mucho daño el ‘y tú más’, el ‘nosotros frente a vosotros’. Para mucha gente, durante mucho tiempo, que un político fuera un ladrón no significaba que no volviera a votarlo. La policía se llevaba detenido a un alcalde corrupto y la gente decía que aquello era una conspiración del partido contrario, o de España contra una Catalunya. Se justificaba al ladrón porque era de los nuestros, de nuestro partido o de nuestra comunidad. Eso es terrible, es pura degradación.

-¿Cómo lo hemos permitido?

-Había dinero y todo daba igual. Pero ahora no hay dinero y lo vemos todo claro. Me parece terrible que en Catalunya haya niños que van al colegio sin desayunar ni cenar la noche anterior. Hablamos de un país que hace poco le regalaba a la ONU un techo de 20 millones de euros para su sede de Ginebra, y donde los dirigentes locales, provinciales y de todo tipo se siguen paseando por el mundo con unos séquitos escandalosos.

-¿Faltó contundencia en la denuncia?

-Sí se denunciaba, pero al que lo hacía, o no se le hacía caso, o se le neutralizaba llamándole resentido, rojo, facha, español o lo que tocara. Aquí nunca hubo debates, sólo anatemas y descalificaciones. El país cayó en la trampa del nosotros contra vosotros. Era muy difícil llevar la contraria en ese ambiente, había una gran coacción para que no se dijera nada.

-¿Vivimos en un país inmaduro en términos democráticos, o todo se debe a ese gen del cainismo y la envidia nacional tan de aquí?

-Eso del gen es mentira, no existe un rasgo español que nos obligue a consentir los desmanes que hemos consentido. Tengo un amigo holandés que vive aquí, que dice: contáis con el mejor sistema de trasplantes del mundo y cuando una patera llega a la playa os desvivís por ayudar, pero tenéis un defecto, y es que en España no ha arraigado la moralidad pública. Estoy de acuerdo. Es nuestro gran problema. No hemos logrado convencernos de que lo público es sagrado, que el dinero de todos debería estar perfectamente contado y medido.

-¿Es un problema cultural o político?

-Aquí se ha consentido que saliera gratis el abuso, la irracionalidad y la ineficiencia. Se ha permitido que la Administración se convirtiera en una agencia de colocación para los partidos. Y una Administración así no es profesional. ¿Cómo es posible que el director de un museo, o de la tele pública, cambie si cambia el gobierno? Eso es de países atrasados. La política ha colonizado toda la Administración. Esto ha impedido el control del gasto público.

-¿Tenemos solución?

-Claro que sí. Ahora se oye hablar mucho de propuestas como cambiar la Ley de partidos y la Ley electoral. Hay que plantear soluciones prácticas y concretas, no divagaciones poéticas. Aunque hay un problema, y es que los encargados de reformar esta disfunción son, precisamente, los que se beneficiaban de ella. ¿Cómo se consigue eso?

-Le devuelvo la pregunta.

-Con presión social. El otro día nos enteramos de que el presidente de la Generalitat Valenciana había contratado un coach de liderazgo pagado con dinero público. Disparates así han estado ocurriendo durante muchos años, pero antes ni nos enterábamos. Hoy sí, y se protesta y se para. Gracias a la presión social.

-Usted invita a la rebelión cívica. ¿Cómo se lleva a cabo?

-De muchas formas. Rebelión cívica es presentarte en un pleno municipal y armar un escándalo cuando va a aprobarse una ocupación ilícita de suelo público. Es investigar si ese aeropuerto que ha prometido el político de turno, asegurando que era bueno para la comunidad, realmente es tan beneficioso. La rebelión cívica es escribir un libro, es firmar un artículo, es manifestarse.

-¿Usted se ha rebelado cívicamente?

-Yo vi cosas, y las dije, pero otras no las vi. Por ejemplo, nunca calibré la escala que tenía la corrupción, no fui consciente de eso. Sabía que había corruptos, se publicaban cosas, pero no imaginé que podía tener esta dimensión tan atroz.

-¿Le cabrea que le hayan metido esos goles?

-Me duele. Sobre todo por la sensación de oportunidad perdida. Podríamos haber aprovechado los años de prosperidad para construir cosas sólidas de verdad. Para crear un buen sistema educativo, para invertir en una economía más competitiva. Me duele que se haya tirado el tiempo y el dinero.

-Hay un tema que no se le ha escapado, pues lleva hablando de él desde hace mucho: la vertebración de España. ¿La manifestación del 11 de septiembre del año pasado en Barcelona le sorprendió?

-Lo que más me sorprende es que a estas alturas no sepamos aún cuánta gente se manifestó, y esto tiene que ver con la calidad de la información que se maneja en este país. Para los independentistas fueron dos millones de personas; para los no nacionalistas, apenas 200.000. ¿Por qué no podemos conocer la verdad? Me niego a carecer de una valoración objetiva de los hechos para elaborar un juicio racional.

-Hasta los menos nacionalistas reconocieron que salió mucha gente.

-El debate político sobre este asunto está tan encanallado que prefiero no entrar. He comprobado, por experiencia propia, que no es posible que me tomen racionalmente, todo lo que digo se convierte en arma arrojadiza, y no quiero participar en ese espectáculo.

-El otro día dijo que invitaba a la gente a no dejarse llevar por iluminados. ¿El tema catalán está guiado ahora mismo por iluminados?

-Yo sólo invito a la gente a ser racionales, a aceptar la realidad como es. Y la realidad es que, a pesar de todo, tenemos mucho en común, existen muchos lazos. Debemos rebajar el nivel de palabrería y fijarnos más en la racionalidad. Preguntémonos cómo podemos ponernos de acuerdo, busquemos la solución. ¿Podemos saber, con números reales, cuál es la relación fiscal y económica que hay entre Catalunya y España? Lo que no debemos hacer es dejarnos llevar por aprovechados, ni de un lado ni de otro.

-Una buena manera de medir es el referéndum.

-Posiblemente.

-¿A esas urnas deben ir sólo los catalanes o todos los españoles, como sostienen algunos?

-Evidentemente, ese referéndum debería hacerse sólo en Catalunya. Pero previamente hay que ponerse de acuerdo en los términos en los que se plantea esa consulta, y hacerlo con claridad. Pero insisto, ahora mismo, tal y como están las cosas, es inútil decir o proponer algo racional sobre este tema sin que se manipule y tergiverse. Escribí un artículo lleno de buena voluntad recordando la importancia que Catalunya tuvo en la resistencia antifranquista y me llegó tal cantidad de cartas llenas de odio que no quiero saber nada más de ese asunto. Yo no estoy aquí para recibir agresiones de nadie.

-¿Las ha recibido?

-¿Cómo que si las he recibido? Yo he visto cómo fue tratada mi mujer cuando dio el pregón en el Ayuntamiento de Barcelona. Yo he tenido que cruzar la plaza de Sant Jaume en un coche con los cristales tintados oyendo gritos contra mi mujer y contra mí sobre los que nunca he vuelto a hablar. Por eso, en serio, sobre este asunto prefiero callarme. Hay demasiado veneno en el ambiente.

-De alguna manera habrá que rebajarlo.

-Yo no he contribuido jamás a crezca. He procurado ser siempre racional, mostrar mi afecto y buscar términos medios. Pero cuando las cosas se intoxican tanto, las personas templadas se apartan.

-Cuando eso ocurre, el centro lo ocupan los que no son tan templados.

-No es asunto mío.

-¿Qué significa para usted ser español?

-Yo no creo en las esencias. Ser español es un hecho cultural, histórico, administrativo. Te da un pasaporte y una identidad. España es mi país porque he nacido aquí y vivo aquí una parte del tiempo, y ya está. Hay que rebajar las identidades. Debemos dejar de obsesionarnos por lo que somos y ocuparnos más de lo que hacemos.

-¿Se emociona viendo ganar a La Roja?

-Me gusta, claro que sí, me gusta el fútbol, y si gana haciendo un partido bonito, me gusta, pero tampoco soy un gran aficionado.

-¿Le enorgullece?

-En absoluto. Me puede parecer bonito, pero nada más. A mí me enorgullece que en mi país no haya pena de muerte, o que cualquier persona tenga derecho a asistencia sanitaria, ¿pero que gane un equipo de fútbol? No. Una vez oí al presidente de Andalucía hablando del orgullo de ser andaluz y protesté, porque no comprendo cómo se puede sentir orgullo por haber nacido en un lugar. Estar orgulloso de tu nación es como estarlo de tener dos orejas.

-Me licencié en la universidad en 1993 y jamás pague un duro por estudiar. Aquel país era más pobre que el de ahora, pero si hoy volviera a la universidad, ni el Estado ni mis padres no podrían pagármelo. ¿Cómo se explica?

-Está ocurriendo algo muy grave, no sólo en España, en el mundo entero, y es que la desigualdad está aumentando y la movilidad social cada vez es menor. Eso sí que me importa, y no las esencias nacionales de nadie. Me preocupa que los hijos de la clase trabajadora no puedan desarrollar sus capacidades, pero corremos el peligro de estar tan enamorados de nuestras identidades que eso se nos olvide. Esto es lo que los progresistas deberíamos defender, este es el verdadero debate. Lo demás son maniobras de distracción.

-Hoy se cuestiona todo: el sistema económico, el político, las instituciones, la transición. ¿Está de acuerdo?

-Hay instituciones de la democracia que es mejor dejarlas como están.

-Usted se declara republicano. ¿Deberíamos pasarnos a ese modelo?

-El caso es que los ideales republicanos se han desarrollado en algunas monarquías mejor que en muchas repúblicas. Si republicano significa defender la igualdad, el progreso social y la libertad de las personas, todo eso se da más en Holanda, Suecia y Dinamarca, que son monarquías, que en Uzbekistán, que es una república. La monarquía holandesa es menos jerárquica que la república francesa.

-¿El rey Juan Carlos debería abdicar en su hijo Felipe?

-Sería una buena noticia. Ese es uno de esos cambios menores que podrían ser muy beneficiosos para el país.

-Ha afirmado que los miembros de la Casa Real no han estado a la altura de las circunstancias.

-Me parece una obviedad.

-¿Al final, Juan Carlos debe abdicar por haberse ido a cazar elefantes?

-Debe abdicar porque las personas tienen que jubilarse, no hay más vueltas.

-Viendo el enfado que expresa en su libro contra todo lo que no le gusta, a uno le queda la duda: a lo mejor es que usted se ha equivocado de país.

-En absoluto, a mí me gusta mucho mi país, tiene multitud de valores que aprecio, pero también cosas que no me gustan. La calidez de los lazos personales en España le da a la vida un agrado que no tiene en otros países donde la ética capitalista ha calado más. En Estados Unidos, por ejemplo, la competencia está en todo, hay una presión feroz. Eso aporta una ventaja, pero tiene inconvenientes. Me quedo con la calidez española y me siento muy concernido por todo lo que aquí pasa. Yo no soy un extranjero en mi país.

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El Periódico de Catalunya