viernes, 12 de julio de 2013

LITERATURA. La trastienda de los libros: así trabajan los escritores

Los libros esconden un incalculable caudal de horas llenas de hojas en blanco, correcciones, teclados, pantallas de ordenador, luces de flexo e inspiración. Sus páginas cuentan relatos fascinantes y arrebatadoras historias, pero silencian la no menos apasionante aventura de la creación literaria que trascurre debajo. Asomarte a ella es una invitación a contemplar la abnegación en su máxima expresión.

Quizá eso –la sensación de entrega absoluta a un oficio que ejercen con pasión y sin horarios de lunes a domingo- sea lo único que tienen en común todos los novelistas espiados en este reportaje en el lugar y el instante en el que habitualmente trabajan. Los hay mañaneros, como Juan José Millás, que empieza a escribir al alba, y vespertinas, como Carme Riera, a quien le pueden dar las tres de la madrugada trabajando. Los hay abstemios y frugales –la mayoría-, o como Fernando Savater, quien prefiere dejarse aconsejar por un whisky para sentarse a crear. Los hay rápidos y compulsivos escribiendo, como Jordi Serra i Fabra, capaz de ventilarse una novela en un mes, y meticulosos y lentos, como Jaume Cabré, que tarda ocho años en terminar un libro.

Unos son todoterreno, como Lorenzo Silva, quien lo mismo escribe en casa que en el aeropuerto. Otros, como Gustavo Martín Garzo, necesitan sentir la intimidad de su guarida para que la imaginación se dispare. Pero en todos es común la sensación de nostalgia y desasosiego que perciben el día que ponen el punto y final a sus novelas.



JUAN JOSÉ MILLÁS: “Escribo de madrugada para sentirme un intruso de la realidad”

Esta mañana, a las 6, la luz de la buhardilla de Juan José Millás (Valencia, 1946) estaba encendida. A esa hora, el autor ya estaba sentado delante del ordenador, en este que es su rincón privado de su casa de Madrid. Da igual que hoy sea domingo: “Las fiestas son un fastidio para los autónomos. Coincido con Gil de Biedma: quizá tengan razón los días laborables”, comenta. Lo intempestivo de la hora tiene un porqué, una ventaja. Millás sufre de insomnio; haga lo que haga y tome lo que tome, a las cinco horas de acostarse, se despierta y no puede volver a dormirse. Escribir mientras el mundo descansa le permite practicar a diario un experimento; quién sabe si radica aquí su secreto literario: “A esas horas, de madrugada, en silencio, me siento como un intruso que puede colarse a hurgar en la realidad mientras esta aún no se ha puesto en marcha”, confiesa.

Se sienta a escribir en ayunas, pero no literarias. Antes de presionar ninguna tecla de su portátil, Millás necesita leer un poema. Cernuda, Elliot, Quevedo… Hoy hay encima de su mesa un poemario de la premio nobel polaca Wislaw Szymborska. “Leer un poema cada mañana me hace entrar en un estado de ánimo especial, es como si me tomara un Valium de efecto inmediato. Forma parte de un ritual”, detalla. Hasta las ocho y media, es la hora de escribir ficción. “Me canso haciendo lo mismo más de tres horas seguidas”, revela el autor, quien suele tardar entre dos y cuatro años en terminar una novela. Luego, tras desayunar, dar un paseo de una hora y mirar la prensa, es el tiempo de los artículos. Las tardes son para leer.

Antes de tener ordenador, Millás escribía a mano, pero nunca lo hizo a máquina. “Me parecía muy fría. En cambio, el portátil es caliente, me gusta que el teclado esté tan cerca de la pantalla”, apunta. Hay quien se agobiaría trabajando bajo un techo abuhardillado. No es su caso: “Necesito notarme en un lugar estanco para sentirme seguro. Escribir es placentero, pero también duro, aunque los años van pasando a favor de lo primero”, asegura.


CLARA SÁNCHEZ: “Me pongo a Led Zeppelin y los dedos vuelan en el teclado” 

Hace tres novelas, Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) descubrió que necesitaba un lugar exclusivo para escribir. No una habitación en el hogar familiar, donde antes solía trabajar, sino algo que estuviese totalmente apartado de su vida no literaria. La llegada de una herencia le brindó la ocasión perfecta: paseando por una calle de Madrid vio el cartel de un ático que vendían para reformar y no se lo pensó dos veces. “Tenía claro que debía ser un lugar con mucha luz, necesito ver horizontes lejanos mientras escribo”, señala. En este soleado apartamento lleno de escaleras y terrazas, situado a espaldas de la Plaza de España, la escritora instaló hace seis años su laboratorio literario. Aquí ha compuesto sus dos últimas novelas, distancia que le permite establecer comparaciones. “Desde que tengo este lugar escribo mejor y más rápido. Antes tardaba cuatro años en cada libro. Ahora, sólo dos”, revela la autora de Entra en mi vida, su última obra.

La guarida novelesca de Clara Sánchez está a media hora andando de su casa, tiempo en el que va pensando por dónde continuará el hilo que dejó el día anterior. Llega alrededor de las once de la mañana. Cuando está sumida en la redacción de la novela –“antes he de pasar varios meses tomando notas caminando, preparando el terreno, como hace un agricultor”, aclara-, le espera una larga jornada de escritura, a veces hasta las nueve de la noche, en las que va desplazándose con el portátil por toda la casa, y que, con suerte, se traducirá en cinco o seis nuevas páginas. “Depende, a veces me bloqueo y he de salir a pasear y despejarme. Escribir es librar un pulso conmigo misma”, confiesa.

Las novelas de Clara Sánchez están hechas de sol –“en invierno escribo en camiseta en la terraza”, asegura-, pipas –“son mi secreto: he de comer pipas mientras escribo”- y música. Este no es un asunto menor. “Últimas noticias del paraíso lo escribí con Led Zeppelin de fondo. Era poner el disco y los dedos volaban en el teclado”, recuerda. La autora no descuida la parte esotérica: a veces manosea la “vara mágica” que le regaló una amiga bajo el pretexto de que “hacía disparar la inspiración”, le gusta mirar un muñequito que le regaló su hija como amuleto y siempre calza el ordenador poniendo debajo el libro de algún autor que admire. “Tengo el convencimiento de que algo literario se me transmite”, dice medio en broma, medio en serio.


FERNANDO SAVATER: “Un whisky y un puro forman mi rito sagrado para crear” 

La última novela de Fernando Savater (San Sebastián, 1947), Los invitados de la princesa -premio Primavera del 2012- ha estado viajando con él a bordo de un pen drive durante los dos últimos años entre sus tres residencias habituales: su casa de San Sebastián, la de Madrid y la que tiene Mallorca para veranear. El autor no ha dedicado todo este tiempo en exclusiva a escribirla, pues al paso ha tenido que ventilar también infinidad de artículos, ensayos y otros múltiples escritos, pero andar con una novela entre manos le ha dado un cariz especial a su cotidianeidad. “El ensayo es como la esposa; la ficción es como la amante. Puedo estar tiempo sin hacer artículos, pero cuando estoy con una novela, no puedo pasar más de cinco días sin tocarla”, compara el también autor de tratados filosóficos, quien acaba de dar por finalizada su trayectoria de divulgador. A partir de ahora, a excepción de los artículos de prensa que seguirá publicando, lo que encontrarán quienes llamen a su puerta será a un creador de novelas, cuentos, relatos y obras de teatro.

No llamen de siete de la tarde a nueve de la noche, pues es su momento sagrado para escribir. Sabater acostumbra a dedicar las mañanas a leer y es en las horas vespertinas cuando encuentra el tono justo para la creación. A dar con él le ayudan el whisky y el plato de mojama con almendras de los que suele dar cuenta cada tarde entre las caladas de un puro. El final de su gran cigarro hace de sirena de su jornada literaria del día. De joven le gustaba fumar en pipa, pero su estancia en la cárcel, en tiempos de la dictadura, le obligó a pasarse al cigarrillo, aunque no logró borrar su fascinación por ese artilugio de fumar, que hoy se ha convertido en su mayor fetiche para la creación. “Necesito estar acariciando una pipa, o sujetándola con mis labios, mientras escribo”, asegura. Es Savater un hombre de firmes fidelidades a sus costumbres. Conserva su amor por los caballos desde que era un crío –“sé que es domingo porque voy a las carreras, porque escribir, escribo igual todos los días”, anuncia- y ha convertido su gusto por las figuritas de plomo en una devoción que decora hasta el más pequeño rincón de las viviendas que habita. En silencio, rodeadas por el humo de su puro, esas piezas quietas son testigos mudos de su creación.


ÁLVARO POMBO: “Dicto mis novelas para captar la fuerza de la palabra hablada” 

En sus inicios como escritor, antes de dedicarse enteramente a los libros, Álvaro Pombo (Santander, 1939) compatibilizaba el oficio de las letras con su trabajo en un banco. Iba tan mal de tiempo que se le ocurrió contratar a un mecanógrafo, al que cada tarde le iba dictando la literatura que le hervía en la cabeza. A parte de ir más rápido, descubrió que con este método su prosa ganaba un vigor y una agilidad antes desconocidos por él. Desde El héroe de las mansardas de Mansard, la novela que lo consagró como escritor (premio Herralde de 1983), Pombo ha escrito todas sus obras siguiendo este sistema, que considera ideal para alcanzar el tono que le gusta que tengan sus narraciones. “Escribir a partir de la palabra hablada evita que la novela acabe siendo aplastada y que se vuelva densa y difícil para ser leída. También la hace más divertida”, señala.

Luego descubrió que su adorado Henry James también escribía dictando, lo que la convenció aún más de las bondades de este método. James acudía a la oralidad por un problema físico que sufría en la mano. En el caso de Pombo, hay también un rasgo personal para hacerle recomendable el dictado: “Esta forma de trabajar se me da bien porque soy un buen conversador. A veces hago un poco de show, pero en el fondo sólo soy una persona a quien le gusta contar cosas”, explica.

En tandas no muy largas, y mejor por la mañana que por la tarde –“estoy de mejor humor al principio del día que al final, y en mí el humor es importantísimo”, apunta-, el autor va dictando y corrigiendo sus propias palabras para tener terminada cada novela a la vuelta de un año. “En realidad hay truco, porque no todo sale de un tirón, sino que necesito imprimir lo que dicto y leerlo para ver los fallos que he de corregir, pero la lectura necesito hacerla en voz alta. De nuevo, es la fuerza de la palabra hablada la que me da la clave”, aclara.

Así vio la luz el año pasado El temblor del héroe, con el que ganó el último premio Nadal. “Esta vez hubo más preparación que dictado, porque es un libro muy teatral y tenía que planificarlo todo más antes de empezar a contarla”, dice el autor en referencia a esa otra fase previa a la oralidad que suelen tener sus relatos, en la que sí acostumbra a escribir notas en una libreta. “Escribir consiste en construir y ejecutar un truco”, resume el novelista.


LORENZO SILVA:  “Guardo en la nube cada página que voy creando” 

Lorenzo Silva (Madrid, 1967) es un escritor que viaja con la novela a cuestas. Esta afirmación no es un recurso literario, sino una descripción literal de su estado habitual. Vive a caballo –mejor dicho: a puente aéreo- entre sus casas de Getafe (Madrid) y Viladecans (Barcelona) y entre esos dos escenarios tiene repartido su taller de ficción. Ahí y en cualquier lugar donde tenga media hora para sentarse, abrir el portátil y ponerse a escribir. Si en estos días se lo encuentran en es tesitura en la T1 del aeropuerto de Barcelona o en la T4 de Barajas, no le molesten. Con seguridad, las palabras que ahora mismo le ven escribiendo formarán parte de su próxima novela.

Así compuso la última, Laura y el corazón de las cosas, que acaba de publicar, y de este modo ha escrito casi todas sus obras. “Me acostumbré a escribir cuando mis hijos eran pequeños y correteaban a mi alrededor. Nunca he trabajado en habitaciones con puertas. En Viladecans lo hago en la buhardilla. En Getafe, en el salón. He desarrollado una capacidad para aislarme del entorno, aunque haya mucho ruido. Por eso puedo escribir perfectamente en el aeropuerto”, explica. Eso sí, tomando siempre las medidas de seguridad digital necesarias: “Guardo en la nube cada página que voy escribiendo. Así, si pierdo el ordenador, al menos no pierdo la novela”, aclara.

En Viladecans suele trabaja a mayor ritmo que en Getafe porque el escenario se lo pone fácil. Vive junto a la playa, más aislado que en su casa de Madrid, y puede darse atracones de doce horas de escritura, con una pausa para dar un paseo en bici junto al mar. “Es asombroso cómo se esponja la cabeza cuando hago un poco de ejercicio”, destaca. Silva es un autor prolífico. Tarda seis meses en hacer un libro, aunque advierte que cada proyecto ha de descansar en su cabeza antes durante un par de años, y nunca pasa más de una semana entre acabar un relato y empezar el siguiente. “Al final se convierte en una rutina. El escritor no conoce los fines de semana, aunque yo esos días suelo escribir menos. Antes sufría más trabajando, ahora conozco mejor el oficio. Es más fácil ser novelista después de los 45, te beneficias de los errores que has cometido en la vida”, apunta.


GUSTAVO MARTÍN GARZO: “La literatura es la conquista de la lentitud” 

Cada mañana, a eso de las nueve, Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) sale de viaje sin abandonar las cuatro paredes de su despacho. Regresa para comer. En ese tiempo, cualquiera que entrara a verlo diría que ha pasado la mañana escribiendo, como todos los días, en la habitación de su casa donde suele hacerlo, “una gruta llena de libros”, según sus palabras. En realidad, él no se encontraba ahí, sino traspuesto en el espacio virtual del relato que estaba creando. “Escribir una novela es como habitar un lugar que sólo tú conoces, al que acudes cada día para contar lo que ves. Por eso es tan apasionante este oficio, para los que nos gusta. Y por eso lo paso tan mal cuando le pongo el punto y final al libro. Es como si perdiera las llaves de esa casa a la que iba cada día sin que nadie lo supiera. De repente, no sé qué hacer con mi vida, ni a dónde ir, me siento perdido. Hasta que empiezo la nueva novela”, explica el autor.

Martín Garzo prefiere las mañanas a las tardes para escribir, porque es a esa hora cuando su cabeza está más creativa. Ha comprobado un truco que le leyó a Hemingway: “Es bueno abandonar la escritura cuando has dado con un punto en el que las buenas ideas están fluyendo, para así retomar el hilo bien al día siguiente”, cuenta. Las tardes las dedica a leer, preparar conferencias o escribir artículos. Dice ser un autor lento, lo cual no vive como una merma. “La literatura es la conquista de la lentitud”, afirma. El día que escribe un folio entero se siente Balzac. Esto significa que puede tardar un año en acabar el primer manuscrito de cada obra, trabajando al mismo ritmo en vacaciones y fines de semana, y puede emplear otros seis meses más en revisarlo. Así salieron de su “gruta” las páginas de Y que se duerma el mar (Lumen), su última novela, que está inspirada en la pintura religiosa renacentista. Durante esos meses, su despacho estuvo presidido por una reproducción del cuadro La virgen de la silla de Rafael y, aunque para escribir prefiere el silencio, en las horas de la revisión se ponía discos de Bach y Haendel. “Crear ese entorno ayuda a realizar el viaje”, destaca.


BENJAMÍN PRADO: “La mejor amiga del escritor es la papelera” 

“Tengo todas las supersticiones que existen, a parte de las que me invento”, confiesa Benjamín Prado (Madrid, 1961) a cuento de la relación que mantiene, a veces fetichista, con sus hábitos de trabajo. Memoria de manías: “Cuando tomo notas a mano, ha de ser en bolígrafo verde. Tengo miles de bolígrafos verdes, que me regalan continuamente. Me gusta escribir en una mesa-vitrina de Ikea, en la que puedo estar viendo las portadas de mis libros mientras trabajo. Esto me anima a seguir. También me gusta ver libros y fotos de autores que admiro, sobre todo poetas: Gil de Biedma, Neruda, Alberti… Pero siempre fotos en blanco y negro, jamás en color. Suelo ponerle a mis personajes nombres de gente que conozco, y me ayuda tener sus fotos cerca, para inspirarme. Soy muy dado a los post-ti. Lo tengo todo lleno de papelitos con frases, para recordarme detalles de los personajes o la historia. A veces tomo notas por la calle. Por eso soy incapaz de salir sin llevar en el bolsillo de atrás un pequeño cuaderno. Es como el anillo de los casados, no puedo vivir sin él”.

Cada mañana, tras llevar a su hija al colegio, Prado suele sentarse a escribir, porque es en ese momento cuando está más fresca su cabeza. Trabaja al menos tres horas, aunque, si puede, lo alarga hasta la hora de comer. No lo decide él, lo decide la inspiración. “Soy muy lento escribiendo, puedo estar toda una mañana para resolver un párrafo, corrijo mucho, reviso que cada palabra suene bien, que se deslice la frase, que no haya asonancias ni repeticiones. Esto me lleva a borrar mucho. La mejor amiga del escritor es la papelera. Bueno, ahora es la tecla de borrar del ordenador”, comenta.

Lo importante, dice el autor, es mantener la constancia, especialmente si anda con un relato largo entre las manos. “Tuve que interrumpir mi último libro siete meses para irme a escribir canciones con Sabina y luego tardé tres meses en recuperar el tono”, dice acerca de Operación Gladio (Alfaguara), su última novela, que tardó cuatro años en terminar. Si timbran su puerta y oyen música, no hay fiesta, es Benjamín Prado trabajando: “Me gusta escribir con música, me ayuda a crear un muro para aislarme. La selección depende del día, lo mismo Tom Waits que Leonard Cohen, Serge Gainsbourg, los Sex Pistols o Pink Floyd”, revela. Otra costumbre fija: “Me gusta irme fuera de mi casa de Madrid a terminar los libros, a veces a Rota, en Cádiz, otras a Santander. El mar me inspira”, asegura.


JUAN VILLORO: “Necesito frotar el llavero de casa mientras escribo” 

La literatura es un territorio donde anida fácilmente el fetichismo. O eso imaginan a menudo, a este lado de las palabras, las mentes calenturientas de los lectores. Esta sospecha no siempre se ve confirmada por la realidad, pero en el caso de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), sí. “Todo lo que escribo proviene de frotar las llaves”, asegura. Se refiere al llavero de casa, en el que lleva colgadas multitud de pequeñas llavecitas de maletas, y otras inservibles, que se ha convertido en su amuleto imprescindible para sentarse a trabajar. “Mi ritual para crear consiste en frotar las llaves. Necesito hacerlo para escribir. El contacto con ellas me permite divagar. Me estimulan el tacto y, por lo tanto, la imaginación”, revela el autor de Arrecife, su última novela.

A Villoro le gusta trabajar por las mañanas -“en un horario parecido al de los pequeños comercios de Barcelona, de nueve a dos”, detalla-, por aquello de aprovechar las horas en las que tiene la mente más despejada. “Por las tardes, si me queda tiempo, tomo notas o leo, pero rara vez escribo, y en las noches prefiero soñar o estar de parranda”, continúa. Dice ser autor multiterreno y asegura que puede escribir en cualquier sitio, pues sabe aislarse del ruido, pero la mayoría de sus páginas las ha compuesto en su hogar, donde ejerce de ‘hombre de la casa’. Mi esposa trabaja fuera, así que soy la persona responsable de atender al electricista, los mensajeros, y a cualquiera que llame a la puerta. A veces pienso que eso me priva de párrafos excepcionales. Es posible que mi mayor momento de inspiración se haya interrumpido porque llegó el enviado de Caprabo y tuve que atenderlo, pero eso es sólo una superstición”, señala.

No forma parte de la superstición, sino de un hábito de creación perfectamente ajustado, su sistema de trabajo: “Escribo notas en papel, con una letra progresivamente indescifrable, y luego en ordenador. Hago una versión, la imprimo, la borro en la computadora para no tener la tentación de corregir sobre pantalla, y luego la vuelvo a copiar por entero, y así lo mejoro. A veces lo hago hasta cuatro veces. Suena pesado, pero lo verdad, lo que más me gusta es ese proceso de corrección”. Y sin dejar de frotar el llavero.


CARME RIERA: “A veces me dan las tres de la madrugada escribiendo” 

La trastienda de los libros conduce a un escenario doméstico donde el factor literario queda arrasado por asuntos como la colada, la plancha, o los huevos que quedan en la nevera para preparar la cena, cuando no por las otras tareas profesionales del creador. Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) sabe mucho de esa esquizofrenia. Aunque se define como “autora compulsiva”, sólo puede ejercer su pasión por las tardes, pues las mañanas las dedica a la universidad (es catedrática de literatura), y no todas las tardes, ya que a veces le toca corregir exámenes o preparar clases. Dice mirar con cierta envidia a los novelistas que pueden entregarse en cuerpo y alma a sus letras. “Las mujeres escritoras hemos tenido que ejercer a la vez de madres y autoras. Mi primer libro lo escribí con mi hijo pequeño haciendo garabatos encima de mis notas. Estoy acostumbrada a que, en plena concentración, alguien abra la puerta para preguntar qué hay para cenar hoy”, dice con resignación.

Últimamente ha cambiado algo ese panorama. Sus hijos ya son mayores y el factor doméstico se ha reducido en su memoria de obligaciones. De hecho, ahora escribe en la habitación del último hijo que ha abandonado el hogar familiar. “Cuando mi despacho se llenó de libros, no tuve más remedio que instalar mi estudio en su cuarto, aprovechando que estaba libre”, aclara. Lo que no ha variado es su afición a las tandas largas de escritura. “Cuando estoy metida en la novela, se me olvida el tiempo. Me pueden dar las tres de la madrugada trabajando”, señala la autora de Naturaleza casi muerta, su última narración. A ritmos de diez folios por día, Riera suele tardar ocho meses en terminar un libro.

No tiene grandes manías. Cuando escribía a mano, sí: los folios tenían que estar usados por la otra cara y la pluma debía ser de trazo grueso, para deslizarse mejor. Hace dos novelas se pasó al ordenador, un cambio que dice haber afectado a su escritura: “Ahora es menos literaria”, asegura. Su combustible sigue siendo el mismo que antes: “Soy adicta al chocolate. Me autoimpongo normas para no comer más de tres bombones al día mientas escribo, porque si no me pierdo”.


GONZALO SUÁREZ.“Escribiendo, para mí siempre es sábado” 

“En Madrid trabajo en casa o en un despacho. Encima de la mesa suele haber libros y cosas inútiles que me estorban, y que no sé cómo han llegado hasta aquí. En casa, mientras escribo, veo una fotografía de Pío Baroja dedicada a mi padre y un calendario de la Unión Española de Explosivos de 1934 que muestra a unas mujeres presenciando un concurso de tiro al plato. En el despacho tengo unos guantes de boxeo colgados en la pared. En Asturias, en cambio, veo ardillas que saltan de árbol en árbol”.

Gonzalo Suárez hace esta descripción de los tres escenarios habituales donde trabaja, unos días en los guiones de sus películas, y otros muchos en sus novelas y relatos. Su hoja de ruta de escritor no es demasiado estricta: “Prefiero las mañanas, pero los horarios son variables. Nunca me entero de si es festivo o domingo, pero escribiendo, para mí siempre es sábado”, confiesa. Es raro que avance más de una página al día. Y, cuando lo hace, al día siguiente ha de retroceder para revisar lo escrito. “Lo que no hago nunca es seguir adelante sin corregir y dar por bueno lo anterior”, asegura.

Al escritor y cineasta no le gusta comer mientras escribe. En cambio, sí es amigo de tomarse una copa de vino. “No siempre, pero me inspira cuando me siento bloqueado”, reconoce. Se levanta frecuentemente del asiento “pero no es para despejarme, sino para intentar huir”, advierte. Es enemigo de los amuletos y los fetiches, casi tanto como del orden. “El sitio de las cosas que no están en su sitio me sirve de referencia a la hora de encontrar mi sitio. Me da ocasión de perder el tiempo buscándolas y me libera, por momentos, del coctel de imágenes y palabras que espera”, explica. No busquen en él a un hombre de manías. “No las tengo. Mi gata, en cambio, sí. Tiene la fastidiosa costumbre de pisar las teclas del ordenador mientras trabajo. Pero nunca mejora la frase que estoy escribiendo”, señala.


JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD. “Cuando escribo, no puedo oír músicas ni voces” 
Buena parte de los poemas y relatos que ha escrito José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) -entre ellos los de su último libro, Entreguerras (Seix Barral), el testamento en verso con el que dice haberse despedido de la literatura-, vieron la luz mientras él miraba la franja de dunas y pinares que delimita el Coto de Doñana. Este es el encuadre en el que trabaja –“ahora ya muy de tarde en tarde”, asegura- los meses de primavera y verano en los que vive en su casa de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). La otra parte del año la pasa en Madrid, donde su lugar de escritura habitual está presidido por una pared forrada de libros.

La poesía, que es el género que más ha frecuentado, es enemiga de los horarios y las rigideces. Quizá por eso el autor se define “irregular en los hábitos de trabajo”. Para escribir, el poeta asegura no tener “ni horarios, ni normas, ni planes preconcebidos. Tampoco manías, a no ser las persecutorias”. Su única condición para sentarse a crear, “a parte de las ganas”, es el silencio. “No puedo oír ni voces, ni músicas, ni nada parecido”, advierte.

Dependiendo del género que toque, el autor opta por la pluma o el ordenador, aunque ahora mismo su actividad literaria se ha reducido a escribir poesía. Caballero Bonald se considera un escritor “intermitente y discontinuo”. Lo suyo no es la creación en serie. “Siempre he pasado del entusiasmo a la depresión. Unas veces me levanto mucho de la mesa, y otras no hay quien me mueva. Unas veces me exalto y otras me dedico a la vida contemplativa”, describe. Lo que jamás ha sido es amigo de las prisas trabajando. “Trabajo con lentitud, corrigiendo bastante. Si escribo con facilidad, siento que lo estoy haciendo descuidadamente”, señala.


JULIO MEDEM. “Iba exhausto escribiendo, pero también eufórico”

Hace cinco años, el cineasta y escritor Julio Medem (San Sebastián, 1958) decidió que debía contar la vida de Aspasia de Mileto, la compañera de Pericles, el político ateniense de la Grecia clásica. Sólo faltaba dar con el lugar y el momento adecuados, y esa circunstancia se la brindó el traslado de domicilio a Los Ángeles que hizo, en compañía de su mujer y su hija, en agosto del 2010. Se fue para reinventarse como realizador de cine, pero también, y sobre todo, para encontrar el aislamiento necesario para escribir, “como quien se va a lo alto de una montaña a alejarse del mundo”, compara.

Y bien que se alejó. Incluso de la propia ciudad hollywoodense. Desde su llegada y hasta hace dos meses, cuando envió a la editorial la última versión de su novela, Medem ha vivido recluido en el garaje de la casa que él y su familia habitan en el barrio de Venice de Los Ángeles. Dos mesas blancas de Ikea, una estantería repleta de libros sobre la antigua Grecia y su ordenador han sido sus únicos compañeros cada día desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde. En ese intervalo de tiempo, sólo interrumpido para tomar algún sándwich a media mañana, acontecía el mágico fenómeno: “Llegué a tener la sensación de que bajo mis pies había un agujero que me conectaba con la Grecia de hace más de 25 siglos.

Esta rutina sólo la interrumpía un par de veces a la semana para para recorrer en bici el largo paseo que conecta Santa Mónica con Venice Beach. Y allí iba Medem, en este encuadre tan califorinano, rodeado de patinadores y surfistas, con los ojos puestos en el Pacífico y la cabeza en la Atenas clásica.

Este maratón de escritura sólo lo detuvo dos meses el año pasado para participar en un rodaje en Cuba y visitar España. A la vuelta del verano, vino el esprint final: “Fue la ascensión más difícil de mi vida creativa, iba exhausto, pero también eufórico”, recuerda.


JORDI SERRA I FABRA: “Los guiones los escribo en taparrabos en playas del Caribe” 
“Soy una pequeña industria andante”, dice Jordi Serra i Fabra (Barcelona 1947) acerca de sí mismo y su “don especial para escribir rápido”. Viendo su producción habitual de escritura, pocos se atreverían a contradecirle. Cada año, el autor coloca en los escaparates de las librerías media docena de nuevos títulos, unas veces novelas, otras relatos infantiles, otras biografías, otras documentos históricos. Como toda industria que se precie, el autor tiene perfectamente establecido su método de trabajo, el cual se beneficia de su facilidad para liquidar páginas y páginas de ficción esté donde esté: “Cuando viajo a Colombia, donde voy a menudo, siempre pido ventanilla para aprovechar el vuelo. En las 12 horas que dura puedo ventilarme diez capítulos fácilmente”, detalla. Serra i Fabra ha publicado 400 títulos en cuarenta años dedicados a la literatura. Como para no tener organizado su sistema a estas alturas de su carrera. “Para mí el guion es la fase principal. Cuando lo he compuesto, el resto es coser y cantar. La novela puedo terminarla en un mes, a 120 páginas por semana, incluidos sábados y domingos”, explica.

Hace años, el autor descubrió que la preparación de los guiones de sus libros se le daba mejor cuando la hacía fuera de casa. Pero no en cualquier sitio: buena parte de la bibliografía del novelista ha sido concebida y diseñada en playas del Caribe. Hasta la isla de San Andrés, en el Caribe colombiano, se marchó dos semanas la primavera pasada para escribir el guion de su último libro, Sombras en el tiempo, que le valió el premio Ciudad de Torrevieja de novela del 2011. Los caminos de la inspiración son inescrutables: “Allí suelo pasar las mañanas en taparrabos dando vueltas por la playa y tomando notas, mientras visualizo la novela. Las tardes las dedico a escribir lo que he imaginado esa mañana en la arena. Volví de San Andrés con los 210 capítulos del libro perfectamente trazados. Lo rematé en el avión de regreso”, revela.

“El guion de mis libros es como una pastilla de avecrem: al abrirlo y echarlo al agua, se extiende la sopa. Yo funciono igual. Por eso luego voy tan rápido escribiendo”, continúa. Se refiere a la fase de redacción, que sí ejecuta en su casa –en la de Barcelona o la que tiene para el retiro en Vallirana-, en tandas de once de la mañana a ocho de la tarde, con una pausa de hora y media para comer. “Y siempre llego a tiempo con el editor”, asegura.


JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL: “Me acuesto mirando el esquema de mi novela en la pared” 
“Burbuja obsesiva”. Así define Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) el estado que alcanza en los meses en los que está más profundamente sumido en la escritura. Para componer su novela El asesino hipocondríaco (Plaza & Janés), que tardó dos años en acabar, pasó cuatro veces por esa fase de ensimismamiento narrativo en la que todo en su vida, desde la mañana a la noche, gira en torno a su relato. “Es necesario alcanzar ese estado, porque tú eres los veinte personajes de la novela, tienes en la cabeza todo lo que ha ocurrido y va a pasar, y cualquier despiste te puede hacer perder el hilo. Las interrupciones son el gran enemigo de los escritores, por eso solemos aprovechar las vacaciones para avanzar, porque en esas semanas suena menos el móvil y llegan menos emails que contestar”, explica.

Burbuja, en su caso, significa llegar a cerrar totalmente el contacto con el mundo exterior, cerrar el teléfono y el correo electrónico y, si acaso sale para ir al cine, sólo es para ver alguna película relacionada con el tema sobre el que está escribiendo. Lo obsesivo lo demuestra la técnica que descubrió mientras hacía su última novela: “Me di cuenta de que tengo un momento de lucidez estupenda cuando me estoy durmiendo y ando entre el sueño y la vigilia. Ahí se me ocurren grandes ideas, pero si me dormía las olvidaba. Así que coloqué un esquema gigante de la narración en la pared que hay frente a la cama, situando la línea de tiempo de la narración, los cruces y los conflictos que se desataban, y así, mirándola antes de cerrar los ojos, resolví varios nudos importantes. He pasado meses durmiéndome y despertándome delante del esqueleto de la novela”, detalla.

Que nadie se asuste: no es Juan Jacinto un tipo raro ni un ermitaño de las letras. Al contrario, su agenda cuenta con citas públicas como la colaboración que habitualmente hace en un programa de Radio Nacional y el taller que dirige en una escuela de escritura. Pero sí es cierto que todo en su vida traspira literatura. “Hace años era más compulsivo, escribía de noche de forma apasionada. Ahora he profesionalizado mi método”, aclara en referencia a su agenda habitual de escritura, normalmente de nueve de la mañana a las diez de la noche, con una parada de un par de horas para comer. Mantener el ritmo es importante. “Un atleta tiene que entrenar todos los días para mantener el cuerpo a tono. Esto es lo mismo”, compara el escritor.


BLANCA BUSQUETS: “Escribo rápido, no puedo contenerme, tengo prisa por contar” 


No se enfadará Blanca Busquets si le dicen que, más que escritora, ella realmente es una médium literaria. La descripción que hace de los días y semanas en los que está enfrascada escribiendo una novela recuerdan a las parapsicólogas que transmiten compulsivamente lo que les cuenta los espíritus. En su caso, quien le habla no es el más allá, sino la trama del libro que tiene entre manos. “Cuando ya tengo la novela clara en la cabeza y me siento a escribirla, necesito hacerlo rápido y sin parar, no puedo contenerme, tengo prisa por contar todo lo que pasa por mi imaginación. No me detengo a confirmar datos, ni a revisar lo que pongo, sólo necesito contar, contar, contar. Es una experiencia muy intensa, por eso ha de durar poco tiempo, y en dosis pequeñas. Si estuviera así muchos meses, me volvería loca”, detalla.

Así, en algo menos de dos meses, escribió ‘La nevada del cucut’ (Plaza & Janés) en el 2010 y ‘El jersei’ (Debolsillo), su novela de este año. Como siempre, se marchó unos días a un hotel para acabar de escribir el libro. Dice que ese aislamiento le ayuda a rematar la obra. El resto de la creación transcurre en su vivienda de Barcelona, o en la buhardilla de su casa de Cantonigròs (Osona), donde, cuando puede, también se escapa a escribir. Es autora de mañana. Por la tarde ejerce de periodista en Catalunya Radio, así que son las primeras horas del día, entre las ocho y las diez, las que aprovecha para escribir una media de tres folios por jornada. Que no esté sentada ante la novela por la tarde no significa que no se la lleve con ella. “Cuando estoy escribiendo estoy rara. A veces me quedo como ausente, en blanco. En realidad es que me he evadido pensando en el libro”, confiesa.

Suele trabajar en un Macbook y siempre hace una copia en un pen drive de lo que va escribiendo, que suele llevar con ella por si puede ponerse a continuar el hilo en algún otro ordenador.


JOSÉ MARÍA MERINO: “Lo que no invento antes de las 11, no suele valer” 

Siempre quedará la duda de si los muebles encierran mensajes ocultos, incluso estando vacíos. José María Merino (La Coruña, 1941) está convencido de que sí. Hace años le regalaron un velador antiguo, en el que era fácil reconocer el paso de los años y los roces, y un buen día se sentó a escribir apoyado en él. Era cuando escribía a mano. Para su sorpresa, su pluma se disparó sobre el papel y no paró hasta completar una buena colección de relatos. “Le dije a mi mujer que aquel velador había llegado cargado de cuentos”, comenta con media sonrisa.

Merino ya no escribe en este velador, sino en la mesa de su despacho, donde tiene instalada su fábrica de historias inventadas. Funciona como una factoría, con un horario parecido al ritmo industrial, de ocho de la mañana a dos de la tarde, con una parada a media mañana, y de las cuatro a las nueve de la noche, aunque cuando está concentrado en una novela las horas pueden alargarse aún más. “De joven escribía por la noche. Hasta que descubrí que las mejores ideas las tengo por la mañana. He llegado a ajustar ese horario y ahora ya sé que lo que no invento antes de las once de la mañana, normalmente no suele valer, o es de peor calidad”, observa.

Su ciclo habitual de concepción, embarazo y parto de una novela suele ser de tres años, aunque para escribir El libro de las horas contadas (Alfaguara), su obra de esta temporada, tardó sólo dos. Le sorprenden los autores que escriben en cualquier sitio. “Yo soy incapaz de trabajar fuera de mi despacho, necesito estar en mi cubil”, confiesa. Aquí está su colección de figuritas de ranas y tortugas, su ordenador y su impresora. Merino es de los de imprimir lo que escribe para observar las incorrecciones. “Pertenezco a la galaxia Gutemberg”, afirma.


OLGA MERINO: “Te conectas al magma confuso de tu cabeza” 


Una enfermedad rara dejó a Olga Merino (Barcelona 1965) incapacitada para escribir y caminar durante casi un año en plena elaboración de su última novela, Perros que ladran en el sótano (Alfaguara). Entre otras lecciones vitales, aquel mal trago le enseño lo peligroso que es detener una ficción a mitad de camino. “Estuve a punto de perderla”, recuerda. Una novela no es un cometido que se pueda resolver a ratos, sino que necesita ocupar el corazón de la vida diaria del autor. “De ese modo te conectas con el magma confuso de tu cabeza, para que esta siga trabajando en la recámara”, entiende la autora. Desde entonces, Merino procura no pasar más de cuatro días sin trastear la novela cuando está metida en harina.

Sus tandas de escritura varían en función del tiempo disponible –la novelista también ejerce el periodismo en el Periódico-, pero procura que lleguen a las cuatro horas, siempre por la mañana. “Me levanto a las siete, cuando la luz y el pulso de la ciudad todavía no están amasados, y suelo ser lenta escribiendo; si al final de la mañana he hecho un folio y medio, canto bingo”, señala. La pulsión por corregir es su mayor enemiga. “Reviso mucho, demasiado. A veces siento que pongo el punto y final por agotamiento, no por convicción, porque seguiría encontrando aspectos mejorables”, confiesa.

Cuando las ideas se le resisten, queda la opción de inspirarse en alguno de los objetos que pueblan su mesa. Son fijas en ese ecosistema varias piedras blancas con frases escritas con rotulador. Una reproduce este lema de Jacques Brel: “El talento no existe. Sólo es el deseo de hacer algo. Lo demás es sudor”. Cuando pensar esto tampoco funciona, siempre queda el plan b: “Los días que el trabajo fluye, me olvido hasta de comer. Cuando no, parezco una lanzadera dando viajes a la nevera”, ilustra la escritora.


GABI MARTÍNEZ: “Mi mejor hora es después de comer” 


Cada escritor tiene su happy hour creativa particular, en la que las ideas fluyen en la cabeza con mayor intensidad de lo habitual. Abundan los autores que dicen encontrar ese filón a primera hora de la mañana, pero Gabi Martínez (Barcelona, 1971) descubrió hace un par de libros que su momento dulce del día es después de comer, tras tomar un café. “Ahí suelo tener un rato muy bueno. De hecho, la producción de la jornada depende de lo bien o mal que me vaya en esa hora y media mágica”, revela. A continuación viene la factura: “A las seis suelo tener un bajón. Es buena hora para tender la colada o hacer algo que me ayude a tomar distancia.”, explica.

No es que el resto del día ande el escritor esperando que las musas vengan a verle. Al contrario, Martínez concibe su oficio como un exigente ejercicio de concentración mental. Sobre todo en los meses iniciales en los que se decide el destino de la novela. “Ahí es vital trabajar a diario, ser estricto con el horario y estar muy metido en el relato. Sólo entonces, cuando llevas muchas horas en ese mundo paralelo que has creado, empiezas a descubrir asociaciones que resuelven la novela”, señala. Por una pura limitación corporal, esos encierros no pueden durar mucho tiempo. En su caso, nunca más de ocho meses. “Físicamente es agotado”, asegura. Le gusta trabajar en casa, rodeado de las fichas de la novela, que hacen de partitura de la composición. Aunque esté concentrado en su obra, tampoco es dado a aislarse. “A veces recibes una llamada que te distrae y, al volver a la novela, encuentras una salida que antes no veías”, comenta. Aunque su recurso más eficaz contra los atascos es el ejercicio. “Salgo a correr un día sí y otro no, y no falla: siempre vuelvo con al menos tres ideas geniales nuevas para el libro”, asegura.


ADOLFO GARCÍA ORTEGA: “Empezar cada novela me aterra” 

Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) lleva publicados once libros, entre colecciones de relatos y novelas. A pesar de esa importante producción, el autor sigue conservando hoy una relación de amor-odio con su oficio. “Mi momento más feliz es cuando ya he terminado el libro, no cuando lo estoy haciendo”, reconoce con sinceridad. Nadie le obliga a sentarse a inventar ficciones, eligió este trabajo por vocación, pero dice vivir con extrema tensión la ejecución de sus obras. “Empezar cada novela me aterra. Es lo que peor llevo: el inicio. De hecho, rehúyo ese momento, doy mil vueltas hasta que empiezo. Y si el día es soleado, mucho más, porque querría salir de casa”, revela.

A pesar de esto, el autor logra dominar sus ansias de fuga y es disciplinado cuando tienen entre manos una novela. “Escribo mejor por la tarde, pero al principio de un nuevo libro me pongo desde la mañana, aunque no salga nada fructífero hasta después de las seis. Cuando la novela va avanzada, hay días que escribo de las nueve de la mañana a las doce de la noche, pero otros días sólo trabajo una hora”, repasa. Su agenda semanal también es particular: “Escribo de domingo a jueves, los viernes y sábados descanso”, aclara.

Trabaja con ordenador, en el salón-biblioteca de su casa, imprimiendo todo lo que produce cada día –“sólo me fío del papel, porque existe”, dice-, pero le da mucha importancia a la preparación previa. Pertenece a la categoría de autores meticulosos. “Corrijo mucho y sin piedad. Todas las frases me las planteo varias veces, todas las palabras son pensadas y repensadas”, reconoce. Pero, más pronto o más tarde –suele emplear entre uno y dos años por libro-, siempre llega el día del punto y final. “Cuando termino, me doy dos meses de vacaciones en los que ni escribo ni pienso nada literario”, confiesa.


JAUME CABRÉ: “Soy lento como el lutier que esculpe un violín”

En el despacho donde escribe Jaume Cabré, en su casa de Matadepera (Barcelona), encontramos, esparcidos por la habitación: un violín, un estuche para transportar este instrumento, hojas pautadas con pentagramas musicales, violines en miniatura a modo de adornos y algún que otro accesorio musical más. Estamos en el escondite de un melómano –a parte del violín, toca la flauta y la guitarra, “aunque sólo como aficionado, sin la menor destreza”, advierte- que ha impregnado su vida y su trabajo de su amor a la música. Sin él pretenderlo, las notas acaban colándose en sus obras, como ocurre en su última novela, Jo confesso (Proa, y Destino en castellano) donde un violín Storioni tiene un gran protagonismo. Sin embargo, es bastante improbable que le encuentren oyendo sinfonías mientras trabaja. “Soy un buen escuchador de música, y si suena me gusta estar pendiente de ella. Para mí es como si estuviera leyéndola. Puedo oírla mientras corrijo o tomo notas, pero nunca cuando estoy concentrado escribiendo”, revela.

En la forma de trabajar de Cabré, lo musical trasciende los límites de su afición melódica. Ha aprendido que la inspiración tiene su propio compás y no sirve de nada meterle prisa al ritmo de su creación. Al contrario: “Cuando he acabado un libro a la carrera, me he sentido mal después, notando que a esa obra le faltaban minutos de cocción. Tengo un pacto con mi editor: necesito que no me presione. Soy lento escribiendo, como el lutier que esculpe el violín en la madera. A nadie se le ocurriría pedírselo con prisas, es algo que requiere su tiempo. Lo mío también”, señala el novelista, que ha tardado ocho años en acabar su último libro.

De nueve de la mañana a una, y de tres a seis de la tarde, es fácil encontrarle trabajando, a ratos a mano, con alguna de sus seis plumas estilográficas, a ratos en el ordenador. “Hay días que escribo tres páginas, otras veces me tiro una semana con un folio. El ritmo lo marca la propia novela”, asegura.


JOAN CARRERAS: “Mi sistema es bestia, pero funciona” 

Joan Carreras (Barcelona, 1962) escribe siguiendo un particular proceso que llama “de círculos concéntricos”. “Primero lo vuelco todo y luego lo vuelvo a escribir, y cada nueva versión crece un poco más. Los primeros textos son ilegibles, me salto letras y palabras, tecleo sin comprobar cómo queda. En esa primera fase no quiero que las ideas se vean detenidas por un error mecanográfico. Admito que es un sistema un poco bestia, pero a mí me funciona de maravilla. Y es de eso de lo que se trata”, explica.

Siguiendo ese sistema es como escribió Carretera secundària (Proa), su novela de esta temporada, cuyas páginas vieron la luz entre su casa de Barcelona y la buhardilla que unos amigos le prestan de vez en cuando en una ciudad del norte de Europa para que se retire a trabajar. La experiencia ha hecho de él un autor todoterreno: dice sentirse cómodo escribiendo en cualquier lugar. Carreras es muy escéptico con la mística que a menudo rodea a la creación literaria. “Escribimos historias, no hacemos brujería”, dice a cuento de los rituales que con frecuencia suelen estar presentes en el oficio de los literatos.

No es su caso. Carece de amuletos, manías o supersticiones a la hora de sentarse a trabajar. “Me parecen chorradas. Yo me levanto cuando me apetece y me vuelvo a sentar cuando quiero. Creo que tener manías es una manera de afrontar miedos, y a mí no me da ningún miedo escribir. En realidad no sé hacer otra cosa. ¿Para qué voy a querer ponerle tonterías innecesarias a algo que es el mejor trabajo del mundo?, se pregunta. Cuando está escribiendo, no hay atrezzo alguno que pueda distraerle de su ordenador. “No doy importancia a lo que haya en mi mesa. Cuando trabajo, no hay alrededor. Suelo poner música, pero yo no le llamaría escuchar. La elijo en función de lo que estoy escribiendo. Más que oírla, la uso para aislarme”, detalla.


XAVIER BOSCH: “Lo difícil es crear la trama, no escribirla” 

Todas las truculentas aventuras que acontecen en las novelas de Xavier Bosch han nacido en un despacho situado en el centro de Sant Cugat (Barcelona), decorado con una “austeridad monacal”. La definición es del propio autor, quien entre botellas de agua, diccionarios, una mesa, una impresora y un ordenador, sólo se permite el exotismo de contar con una pizarra magnética, colocada sobre una pared, donde va colgando las fichas que detallan lo que le sucede a cada uno de sus personajes.

Sin perder de vista ese mapa narrativo, el novelista va construyendo día a día la trama del relato, siguiendo un rito que tiene perfectamente prefijado: “Primero leo un capítulo de otro autor, cogiendo el libro por donde se abra. Después releo lo que escribí el día anterior y, ya con el tono recuperado, me pongo a trabajar”, explica. Cada capítulo que escribe no termina cuando marca el punto y final, sino al leerlo su mujer. “Siempre escucho sus consejos y comentarios. Es muy buena con los diálogos”, asegura.

Bosch dice ser más productivo por las mañanas, a las que suele arrancarles cuatro horas de escritura, que por las tardes, en las que se siente más holgazán. “A veces, después de comer, no tengo más remedio que echar una cabezadita encima del teclado. Por la tarde tengo prisa por volver a casa a estar con mi hija”, confiesa.

En su proceso creativo habitual hay dos fases muy diferentes. Antes de sentarse a escribir, el novelista necesita averiguar qué va a pasarle a cada personaje en cada momento. “Esto supone seis meses de sufrimiento, en los que me dedico a pensar en todas las vicisitudes y situaciones de la trama. Lo difícil para mí es eso, no escrir”, revela. El resto, en cambio, es más placentero. “Comparado con todo lo que he hecho antes en mi vida, he descubierto que estar solo escribiendo, buscando la frase y la palabra justa, es como me siento más feliz”, afirma.

LUIS LEANTE: “Mi guarida es un lugar claustrofóbico” 

A Luis Leante (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1963) le van las “guaridas claustrofóbicas” para escribir. Rara vez lo hace fuera de su despacho, pero cuando esto ocurre, procura reproducir el ambiente recargado que se respira en su habitual lugar de trabajo: una biblioteca-estudio con las paredes forradas de libros desde el suelo hasta el techo y llena de archivos, aparatos electrónicos, fotos, y montones de pequeños objetos que se trae de sus viajes.

Lo mucho que le influye el entorno donde trabaja lo delata un detalle: “Mientras escribo, tengo a la altura de mis ojos la foto de una torre antigua que sobresale sobre unos tejados. Es la misma imagen que estuve mirando durante veinte años mientras escribía en mi pueblo. Al mudarme, quise llevármela conmigo”, revela. ¿Fetichista? “No tengo amuletos ni manías especiales, pero cuando hay algún objeto cambiado de sitio, me desconcentro. Necesito ver cada cosa en el mismo lugar que ocupaba el día anterior” añade.

En este espacio íntimo y tasado, Leante ha llegado a pasarse doce horas seguidas escribiendo. Esto sólo sucede cuando la novela que tiene entre manos se encuentra en un momento álgido, pero el resto del tiempo su jornada habitual es menos intensa. “Comienzo a las nueve de la mañana y no paro hasta las dos de la tarde. No me cuesta arrancar, lo que me cuesta es mantener el ritmo. Por la noche suelo revisar lo que hice por la mañana”, señala. La escritura es para él una experiencia deliciosa. No tanto la fase de corrección, que a veces le roba tantas horas como la redacción, y que le angustia “por no saber nunca cuándo dar un capítulo por definitivo”. Durante ese tiempo, en la guarida de Leante siempre suena la música. “Cada novela tiene la misma banda sonora hasta que la acabo, para conservar el estado de mi ánimo. Mis tres últimos libros están hechos con música clásica, jazz y bossa nova”, detalla.
(El Periódico de Catalunya)

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