martes, 23 de julio de 2013

¿QUIÉN DIJO CRISIS?. La austeridad mata... y lo hace lentamente


Conocemos de carrerilla el objetivo de déficit que persigue el Gobierno, tenemos sueños con la prima de riesgo y llevamos clavada en la conciencia la cifra del paro. Estas variables de la crisis forman parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, nadie sabe el número de suicidios que ha provocado la recesión, ignoramos cuánto han aumentado las enfermedades infecciosas por los recortes en sanidad y desconocemos qué reflejo ha tenido el desempleo en el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Estas son también cifras de la crisis, y nos tocan más de cerca, pero sobre ellas no se habla.

El investigador de la Universidad de Oxford (Reino Unido) David Stuckler y el epidemiólogo de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) Sanjay Basu han llevado a cabo una investigación que pone el foco en un aspecto de la crisis en el que no suelen reparar los inspectores del FMI: ¿qué consecuencias tienen las recesiones, y en particular esta que estamos atravesando, en el bienestar real de la gente? Y sobre todo: ¿en qué medida las distintas políticas económicas que aplican los gobiernos afectan de una u otra forma a la salud de los ciudadanos? Tras analizar y comparar el coste humano que esta y otras crisis han causado en los diferentes países, concluyen: “La recesión genera pobreza y desajusta la economía, pero lo que realmente mata es la austeridad”.

Para el ciudadano del sur de Europa, acostumbrado a escuchar que no hay más camino para salir de la crisis que el de la sangre, el sudor y las lágrimas que imponen Bruselas, la Troika y el FMI, la investigación de Stuckler y Basu tiene la relevancia de mostrar, con cifras en la mano, cómo en el pasado, en anteriores crisis, la apuesta por la austeridad causó un dolor que se a la larga se reveló innecesario, pues otros países que optaron por soluciones más estimuladoras de la economía y menos restrictivas vencieron antes las cifras negativas y, además, sin dañar a la salud de la población. “Está comprobado: son los recortes en servicios sociales los que convierten las recesiones en epidemias, no los crash financieros. Al final hay que elegir: ¿es preferible tres décimas de PIB o 2.000 muertos?”, plantea Stuckler, quien recientemente visitó España para presentar su estudio, que han resumido en el libro Por qué la austeridad mata (Taurus).

Revisando el trasfondo humano de las crisis desatadas desde la Gran Depresión de 1929, los investigadores encuentran demostraciones palmarias de su teoría, como la que aportan las experiencias de Tailandia y Malasia durante el hundimiento financiero del sudeste asiático de finales de los años 90. Los dos países se vieron afectados por aquel colapso económico, pero eligieron caminos diferentes para hacerle frente. Tailandia se acogió las exigencias del FMI, que le obligó a recortar su gasto en sanidad para sanear sus cuentas públicas. Esto disparó sus tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas –especialmente por sida, cuya atención médica bajó una cuarta parte-, redujo el peso de los bebés al nacer y los suicidios aumentaron un 60 por ciento.

El gobierno de Malasia se negó a seguir las recomendaciones del FMI, al precio de renunciar a su ayuda, y aumentó el gasto social, evitando así el perjuicio sanitario que sufrió su vecino. “Lo paradójico es que Malasia, que prefirió cuidar la salud de sus ciudadanos antes que la de las cuentas públicas, cumplió los objetivos del FMI en menos tiempo que Tailandia”, revela Stuckler. En 2011, el propio FMI se vio obligado a pedir disculpas a este país asiático, reconociendo que sus exigencias habían causado un daño mayor del previsto.

Más cerca en el tiempo, y en el mapa, los analistas encuentran nuevas pruebas de lo lesivas que pueden llegar a ser las políticas de austeridad para el bienestar de la población. Stuckler y Basu iniciaron su estudio a principios de la década del 2000, cuando aún no había sospechas del hundimiento que iba a sufrir la economía mundial más tarde. La recesión iniciada en 2008 les ha permitido observar en directo las consecuencias de las medidas adoptadas por los gobiernos, como haría un médico que testara los efectos secundarios de un medicamento.

La diferente forma de encarar la recesión que han seguido los países del norte y el sur de Europa arroja resultados bien distintos en términos de bienestar social. A pesar de sufrir la mayor quiebra de las cuentas públicas de todo el planeta, en proporción a su tamaño, Islandia no sólo se negó a reducir sus presupuestos sociales cuando tuvo lugar el crash de las hipotecas basura en 2008 –el FMI le exigió tijeretazos del 30 por ciento en sanidad pública a cambio de prestarles financiación-, sino que los aumentó: elevó su gasto sanitario y de protección social y dedicó dinero a ayudar a gente que había perdido su casa. Esto les ha permitido mantener las mismas tasas de salud púbica durante la crisis que antes de su inicio, y hoy es uno de los países que mejor ha capeado la recesión.

En el extremo opuesto se encuentra Grecia, un auténtico “animal de laboratorio en manos del FMI”, según Stuckler. Para sanear su déficit, el país heleno aceptó reducir su presupuesto sanitario en un 40 por ciento. El resultado ha sido devastador: entre 2009 y 2011 se han duplicado los homicidios, se han disparado las enfermedades infecciosas, miles de griegos se han quedado sin tratamientos tras la huida de varias industrias farmacéuticas y es el único país de Europa donde el sida ha vuelto a subir.

Puesto a recortar, el gobierno griego eliminó hasta los programas de fumigación de insectos, lo que ha supuesto la reaparición de casos de malaria, una enfermedad que se consideraba esquilmada en nuestro continente. Mientras, hablar en Grecia de luces al final del túnel suena a chiste macabro.

Hay dolencias que funcionan como termómetros para conocer el nivel de salud de una población. El índice de suicidios es uno de ellos. Normalmente, en tiempos de crisis aumentan los casos. Pero Stuckler y Basu han descubierto que no siempre es así. Desde los años 80, los países escandinavos han sufrido varias recesiones, pero sus tasas de suicidios han permanecido constantes. “Se debe a que sus gobiernos implantaron planes de reinserción laboral y de asistencia pública. Fomentar el empleo es la mejor medicina que hay contra las dolencias sociales”, apunta Stuckler. A diferencia de Suecia o Finlandia, en España y Grecia se ha reducido los programas de empleo y se han disparado las tasas de suicidio. “Lo más sorprendente del caso español es que actualmente siga aplicando las mismas recetas que Grecia, a pesar del fracaso que estas han demostrado”, concluye el investigador.

Los efectos de las tijeras en España

David Stuckler confiesa sentirse escandalizado ante la apuesta por la austeridad tan ortodoxa que ha llevado a cabo el gobierno español. De hecho, su libro dedica a nuestro país un capítulo, donde llama la atención sobre las medidas que más daño están causando en el tejido social. Según sus estimaciones, entre 2007 y 2010 se han producido en España 400 suicidios y 400.000 casos de depresión achacables a los recortes en asistencia social y se han multiplicado por 6 las situaciones de abuso y dependencia del alcohol. Los tiempos de espera de las operaciones han aumentado un 40 por ciento desde que estalló la crisis y, según Amnistía Internacional, 873.000 individuos se han quedado sin cobertura sanitara.

A la pregunta de qué hacer cuando las deudas impiden a los gobiernos cubrir el gasto sanitario, Stuckler lo tiene claro: “Lo primero es preguntarse a quién se deben esas deudas y por qué. Islandia decidió no pagarlas y metió en la cárcel a los banqueros responsables del agujero financiero. Pero en España han convertido la deuda privada de los bancos en deuda pública, y la están pagando todos los ciudadanos. Son opciones”, responde.

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(El Periódico de Catalunya)

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