martes, 12 de noviembre de 2013

REPOR: Drones, cuerpos secretos, operaciones clandestinas, ciberespionaje: así es la guerra de Obama

La Administración Obama ha acentuado el oscurantismo en la lucha que mantiene contra el terror. Es lo que denuncian los periodistas norteamericanos Mark Mazzetti y Jeremy Skahill en dos libros que han sacado a la luz las turbias artes bélicas de las que se sirve actualmente Estados Unidos. 

'La guerra en las sombras' (Mazzetti) y 'Guerras sucias' (Skahill) están plagados de testimonios y pruebas que demuestran hasta qué punto el gobierno norteamericano se salta todas las normas internacionales, e incluso los Derechos Humanos, para conseguir sus objetivos. Parece una futurista película de acción, llena de espías, sofisticadas técnicas de tortura, operaciones clandestinas y ejércitos secretos, pero se trata de la vida misma.

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La tercera temporada de Homeland, estrenada en Estados Unidos el pasado 29 de septiembre y en nuestro país el 3 de octubre, arrancaba con una sofisticada operación de la CIA. La agencia pretendía vengar así el atentado que Al Qaeda había perpetrado en sus instalaciones en el capítulo anterior. De forma sincronizada, y con el apoyo de misiles, drones (aviones no tripulados) y ataques terrestres por sorpresa, en cuestión de segundos eran eliminados seis terroristas localizados en tres continentes distintos. Mientras los objetivos iban cayendo uno a uno, los mandos del servicio secreto seguían las operaciones en cómodos sillones y a través de grandes pantallas.

A veces la realidad se demora poco en coquetear con la ficción: el 6 de octubre, el Pentágono anunciaba que con cinco horas de diferencia, y a 5.000 kilómetros de distancia uno del otro, dos cuerpos de élite habían lanzado sendas operaciones para detener a los terroristas Anas Al Libi -acusado de ordenar los atentados contra las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania en 1998 que costaron la vida de 224 personas- y Abdulkader Mohamed Abdulkader -líder de la milicia islamista Al Shabab e ideólogo del ataque contra el centro comercial de Nairobi (Kenia) que ocasionó 60 víctimas el mes pasado-.

Al primero lo capturó una tropa de las fuerzas especiales Delta asistida por la CIA y el FBI. Como quien saca un pez de una pecera, los agentes llegaron a Trípoli (Libia) en helicópteros, lo redujeron y lo trasladaron al buque San Antonio, que esperaba fondeado en un lugar secreto del Mediterráneo. En la operación contra Abdulkader tuvieron menos suerte: el comando de la Navy Seal que desembarcó a bordo de lanchas rápidas en Mogadiscio (Somalia) se topó con un tiroteo en plena calle al ir a cazarlo. Acabaron abortando el operativo.

Oficialmente, Estados Unidos no está en guerra con Libia ni con Somalia, como tampoco lo está con Yemen o Pakistán, pero todos estos países han conocido en los últimos meses la visita de drones, misiles enviados desde largas distancias y tropas de élite adiestradas para encontrar y detener terroristas, o acabar con ellos sobre el terreno, como hicieron con Bin Laden en Abbottabad (Pakistán) el 2 de mayo del 2011.

Aquella operación marca la pauta de la nueva política militar que ha arraigado en el gobierno de Estados Unidos. Escarmentado de guerras terrestres largas y costosas, como la de Irak y Afganistán, Washington parece haber fiado su seguridad a una nueva estrategia. Consiste en utilizar todos los instrumentos que ofrece la tecnología para localizar y eliminar enemigos en cualquier rincón del planeta, sea donde sea, sin reparar en ordenamientos internacionales y con un absoluto desprecio hacia las muertes de inocentes que sus acciones puedan ocasionar.

Es lo que denuncian, desde dos trincheras distintas pero coincidentes en el diagnóstico, los periodistas estadounidenses Mark Mazzetti y Jeremy Scahill. El primero, corresponsal de seguridad nacional del New York Times, lleva más de una década escrutando los servicios de inteligencia de su país y ha detectado un cambio de rumbo que parece no tener retorno: “La prioridad ya no es reunir información sobre posibles enemigos del exterior sino la caza del hombre. La línea que separaba al espía y el militar se ha difuminado”, señala. En su libro La guerra en las sombras (Crítica), publicado la semana pasada, muestra las evidencias de esta afirmación. El subtítulo resume el cambio de escenario al que se enfrenta el mundo: “Cómo la CIA se convirtió en una organización asesina”.

Por su parte, el reportero de guerra Jeremy Scahill se ha dedicado en los últimos años a recolectar a pie de aldea las huellas de la nueva estrategia de defensa de su país. Historias como la de Mohamed Daoud Sharabuddin, un policía afgano que fue confundido con un terrorista talibán y recibió en su casa la visita de un equipo de asalto una noche de febrero de 2010. Murió él, otro varón y dos mujeres embarazadas. Al descubrir su error, los agentes sacaron las balas del cuerpo de los cadáveres para no dejar rastro. En el poblado yemení de Al-Majalah cayó un misil el 18 de diciembre de 2009. El espionaje norteamericano había dicho que era un nido de terroristas islamistas, pero el ataque costó la vida a 21 niños, 14 mujeres y media docena de hombres.

Skahill ha reunido varios casos similares en su libro Guerras Sucias (Paidós) y en la película-documental homónima que se ha estrenado esta semana. El recorrido por el nuevo y difuso frente de guerra abierto por Estados Unidos en todo el planeta es tan escalofriante como la conclusión a la que llega el investigador. “Los cuerpos paramilitares se han hecho con el control de la Casa Blanca y dirigen la política de defensa del país. Para ellos el mundo entero es un campo de batalla”, señala.

El periodista se refiere a instituciones conocidas, como la CIA y los cuerpos de élite Navy Seal y Delta Force, especialmente entrenados para llevar a cabo estas rápidas operaciones militares, pero pone el acento en un nuevo actor que ha irrumpido con fuerza en el tablero bélico: el JSOC (Mando Conjunto de Operaciones Especiales). Bajo este nombre se esconde el equipo más depurado de las fuerzas armadas norteamericanas y, sobre todo, el más secreto.

No hay reportes oficiales sobre su actividad, depende directamente del presidente, sin pasar por el Pentágono o el departamento de Defensa. Es, según Skahill, el grupo encargado de ejecutar la inmensa mayoría de los secuestros y asesinatos de presuntos terroristas que Estados Unidos lleva a cabo en todo el planeta. “Fueron ellos, y no los Navy Seals, como se informó en su día, los que mataron a Bin Laden”, asegura el periodista.

Se calcula que el grupo lo forman unos 25.000 hombres. Sus colegas de los otros equipos de operaciones especiales los llaman “los ninjas” y “los comedores de serpientes”. Skahill ha entrevistado a varios JSOC y los define como “extremadamente preparados, sofisticados e inteligentes”. Uno de ellos dijo de sí mismo: “Conmigo han creado un martillo perfecto, me dedico a ir por el mundo buscando clavos que golpear”.

En realidad, este grupo no es nuevo. Estados Unidos lo creó en 1981, en plena crisis de la embajada de Teherán, pero durante dos décadas apenas actuó. Tras el 11-S, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa del gobierno de Bush, ordenó que fuera el JSOC quien pilotara la vanguardia de la guerra contra el terrorismo y, sobre todo, que mantuviera la discreción. Su verdadera actividad sólo la conoce la Casa Blanca. Es, según Skahill, “una especie de guardia pretoriana del presidente”.

El secretismo y la extrema beligerancia son los rasgos que definen esta nueva forma de hacer la guerra. La estrategia la inició Bush, pero la ha acentuado Obama, según denuncian los investigadores. El escándalo de las torturas en las cárceles clandestinas persuadió al presidente de la necesidad de cambiar de estrategia. “Y si Bush presumía de sus acciones, Obama prefiere actuar en secreto, pero ha acabado haciéndose adicto a este tipo de acciones”, señala Mark Mazzetti, quien aporta un dato llamativo: “El 60 % de los agentes que forman hoy de la CIA entraron después del 11-S y piensan así, frente a los más veteranos, que siguen defendiendo que es mejor conseguir información que asesinar”.

A diferencia de una guerra convencional, aquí no hay cifras oficiales. Nadie se atreve a asegurar cuántos terroristas e inocentes han aniquilado los aviones no tripulados. La fundación New American Foundation calcula que durante la Administración Obama han muerto alrededor de 2.000 personas por culpa de los drones sólo en Pakistán. El gobierno de este país estima que por cada terrorista que asesinan estos robots voladores, caen 140 civiles. Skahill ha hablado con muchos allegados de esas víctimas inocentes y ha pulsado el odio que esta estrategia siembra sobre el terreno que golpea. Sobre todo, al periodista le asalta una duda: “Una guerra de este tipo, ¿cuándo se acaba?”.

¿La próxima batalla será en internet?

El imaginario legado por las viejas películas de espías retrata a los agentes secretos rodeados de bolígrafos con cámaras ocultas y teléfonos camuflados en zapatos. El atrezo del espía de hoy, mucho menos analógico e infinitamente más digital, dista de aquella estampa rudimentaria. También su día a día. “La CIA estuvo siempre encantada de dar en el cine esa imagen romántica de su trabajo. En realidad, la rutina de un agente es mucho más aburrida, consiste en clasificar documentos”, señala Mark Mazzetti, corresponsal de seguridad nacional del New York Times.

La tecnología ha cambiado la vida del espía. “Gran parte del trabajo ahora se hace por control remoto, con satélites, redes, drones. Un agente puede estar sentado en un tráiler en el estado de Nevada mientras el avión no tripulado que pilota sobrevuela las montañas de Pakistán”, describe Mazzetti, quien cree que los drones no son un instrumento más, sino “el principio de las armas del futuro”.

Cero bajas, máxima efectividad. “Se ha impuesto la fantasía de una guerra limpia, pero la realidad es bien distinta”, recuerda el reportero de guerra Jeremy Skahill, quien ha conocido en persona las consecuencias de los errores que esos ataques cibernéticos y perfectamente calculados cometen, y que se traducen en muertes de víctimas inocentes. Tan inocentes como las que matan los propios terroristas.

Aunque la CIA sea hoy más militar y menos inteligente que nunca, la información sigue siendo poder. Poder militar y político. Los departamentos de inteligencia de medio mundo viven ahora mismo la era ‘post Snowden’. Las revelaciones hechas por el antiguo analista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) Edward Snowden han sacado a la luz el elevado nivel de sofisticación que ha alcanzado el gobierno de Estados Unidos a la hora de obtener información a través de la red.

No sólo de sus enemigos, también de sus socios. Que las comunicaciones de sospechosos de terrorismo estuvieran siendo pirateadas era presumible. Pero que esos mismos ojos se dedicaran también a leer los correos electrónicos de los mandatarios reunidos en la cumbre del G-20 de Londres celebrada en el 2009, como ha denunciado Snowden, es un importante paso en la carrera mundial del ciberespionaje.

“Una de las sorpresas del caso Snowden ha sido descubrir que la NSA, que era un departamento al que poca gente prestaba atención, es el que más información ha acumulado. Inquieta saber hasta qué nivel habían penetrado en el conocimiento de la vida de la gente, no sólo de los gobiernos” señala Mazzetti.

El periodista entiende de estrategias de defensa nacional, no de software ni algoritmos, pero en el sector de la seguridad informática están igual de sorprendidos. Chema Alonso, antiguo hacker y actual consultor en seguridad digital, se declara “asombrado del nivel de capilaridad” al que han llegado las escuchas de la NSA. “Resulta que muchas técnicas sobre las cuales los hacker llevábamos años teorizando, ellos ya las habían puesto en práctica”, destaca.

Según Edward Snowden, buena parte de la información que la NSA obtiene proviene de los servidores de las grandes empresas informáticas, como Google, Yahoo, Facebook, Apple o Microsoft. La resistencia de estas entidades a facilitar información suena a chiste cuando es el gobierno el que lo ordena amparándose en las leyes especiales dictadas tras el 11-S. “Este es el problema: que todas las multinacionales de internet son norteamericanas, incluso las agencias que deben certificar la seguridad. En estas condiciones, aspirar tener a un internet libre de miradas es inútil. Siempre van a poder espiarnos”, señala el experto.

Víctima de las escuchas de la NSA, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ha anunciado esta semana la creación de un sistema de comunicación por email, exclusivo para su gobierno, que le permitirá evitar ser espiado. No es la primera vez que se intenta una solución similar: actualmente ya existen multitud de redes que, circulando por el mismo cable, funcionan de forma paralela a internet, sin interactuar con ella.

A escala ciudadana, Chema Alonso cree que acabaremos aceptando que nos espían. La ubicuidad de la red de redes permite prever escenarios peligrosos. “Pronto los coches estarán conectados a internet, lo que hará posible su manipulación a distancia. Ya hay ensayos para anular un marcapasos a través de la señal de wifi”, avanza el analista. Las formas de matar se sofistican, la batalla digital no ha hecho más que empezar.

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