lunes, 10 de febrero de 2014

PERSONAS Y PERSONAJES. David Trueba, el articulista que de vez en cuando rueda películas (y gana Goyas)

Foto: Agustín Catalán
"Hacer cine hoy es una odisea casi imposible”, afirmaba David Trueba (Madrid, 1969) en la primavera de 2013. Acababa de presentar 'Érase una vez' (Debate), el libro donde recopilaba buena parte de los artículos que publica habitualmente en el Dominical del Periódico de Catalunya y en el diario El País, y en ese momento ignoraba que unos meses más tarde iba a ser el triunfador de la cosecha cinematográfica española del año. Queda por ver si sus éxitos en los Goya de 2014 sirven para corregir el destino al que cree enfrentarse: el de acabar convertido en un articulista que de vez en cuando dirige películas. Apliquémonos su consejo: "Menos dramatismo y más humor, por favor".

-¿Uno reúne sus columnas por capricho, por enseñárselas a los nietos, por tener algo que regalarle a los cuñados…?
-Admito que lo he hecho por todos esos motivos (risas). Cuando me propusieron este libro, al principio dije: ni hablar, qué horror volver a leer los mismos artículos, qué vergüenza. Pero luego pensé: tengo hijos que quizá algún día querrán conservarlos, tengo amigos y familiares que no han podido leer muchos de ellos. Ni siquiera yo los guardo. Hay gente que sigue sin saber que escribo columnas en los periódicos, aunque lo hago desde 1997.

-¿Tiene fechado cuándo nació el David Trueba articulista?
-El articulista es un idiota que ha viajado conmigo desde siempre. Mi vocación periodística es muy temprana, pero el cine, que es muy glamuroso, lo ha convertido en un segundo plato. A los quince años ya hacía en casa una revista con uno de mis hermanos. 


-¿De qué iba?
-Se titulaba ‘El hombre tranquilo’, como la película de John Ford y teníamos de todo: entrevistas, artículos de opinión, reportajes. Más tarde, en la facultad de Periodismo, una profesora me propuso que escribiera un artículo para un concurso y le hice caso. Fue el primer premio que gané en mi vida.

-Y se dijo: esto es lo mío. En el libro afirma que siempre escribe el mismo artículo.
-Es que un articulista, igual que un director de cine o un novelista, siempre cuenta la misma historia. Cambian los decorados, los personajes y las acciones, pero la esencia es la misma.

-¿De qué va esa columna eterna?
-Tiene que ver con una forma de mirar la vida contraria al dramatismo. La reflexión es: si ya sabes en qué consiste esto y dónde vas a acabar, no seas tonto y disfruta, dedícate a hacer las cosas que te dan placer y que ayudan a mejorar tu entorno. Menos dramatismo y más humor, por favor.

-Los articulistas tienen tendencia a pontificar.
-Yo procuro evitarlo, aunque seguramente alguna vez me he creído más listo de lo que soy. Cuando me he dado cuenta, he tratado de abandonar rápidamente ese punto de vista. He escrito artículos que he roto en mil pedazos después de leerlos al comprobar que no tenían sentido del humor. Mi mayor pánico es resultar trascendente.

-Perdóneselo, es un trabajo muy constante, no todos los días se puede acertar.
-Dígamelo a mí. Hay días que me levanto hecho polvo y pienso: tengo que hacer esto, y lo otro, y lo otro, ¡ostras, y el artículo! En los últimos años me ha tocado pasar por situaciones personales difíciles, incluso por una separación. Y en medio de aquel lío había que sentarse a escribir el artículo. Pero no me puedo quejar. Me parece un privilegio que me dejen opinar y que haya alguien interesado en saber lo que pienso.

-¿Está pendiente de los comentarios que los lectores?
-Procuro distanciarme. Cuando alguien me da una opinión sobre un artículo, noto que en realidad está intentando manipularme, sea el comentario positivo o negativo. A veces recibo cartas de lectores que me afectan, pero nunca contesto, no me parece conveniente cartearme con mis lectores. Estar demasiado pendiente de la respuesta del público puede acabar haciéndote populista.

-¿Algún artículo suyo le ha acarreado consecuencias personales?
-Alguna vez he escrito algo y al poco he recibido mensajes amenazadores. También me ha ocurrido lo de encontrarme con cierto político que me ha mirado como diciendo: ¿qué se habrá creído este imbécil? En esas situaciones has de tener un ego fuerte para que no te lleven por delante. Hay quien da más importancia a un artículo de la que tiene.

-¿Cómo es el artículo redondo?
-En primer lugar, suele ser de otro (risas). Debe tener contundencia estilística, ha de funcionar como argumentación y debe tener una narrativa interior. Me gusta que incluya contradicciones, que enfrente al lector a un conflicto. Pero, sobre todo, que tenga humor. Me sorprende que los políticos y los deportistas, que son dos de las figura más destacadas del momento, tengan tan poco sentido del humor. En eso los americanos nos llevan mucha ventaja. Allí los oradores, lo primero que hacen al agarrar un micrófono, es reírse de sí mismos.

-¿Un artículo de domingo se escribe diferente?
-Tiene otra música, es más relajado, el lector lo lee de otra forma. Además, hay que escribirlo 20 días antes de que se publique. Esto puede hacer que quede a destiempo, pero en ocasiones ocurre al revés. Por eso procuro decirle a la gente: no corráis, que a veces la opinión que llega más tarde es más sabia que la que se emite al calor de los acontecimientos.

-¿Qué ha pensado al releer sus columnas de hace diez años?
-Que era tan evidente que iba a pasarnos lo que nos ha pasado que da vergüenza social ver cómo nos hemos dejado manipular. Lo sabíamos, escribíamos sobre esto, lo hablábamos, pero no hicimos nada para evitarlo. En el 2003 publiqué un artículo en el Dominical titulado “Cuando el cemento cuaje”. Nadie puede decir que lo que nos pasa ahora nos haya pillado por sorpresa. Era fácil ver que íbamos de cabeza hacia una derrota general, en la que sólo va a sobrevivir aquel que haya sido fiel a un instinto moral.

-¿Una década de artículos equivalen a una crónica de una época?
-Sin duda. Por eso le puse ese título al libro. Porque va a llegar el momento en el que tengamos que decirnos los unos a los otros: érase una vez un país que llegó a la democracia y se sintió feliz, y decidió que ya no contaban los valores ni la moral, y que ser rico significaba ser inteligente, tener éxito equivalía a ser profundo y vender muchos libros era sinónimo de ser un buen escritor. Y al final todo se fue al carajo y la gente descubrió que el emperador iba desnudo.

-¿El cuento acaba mal?
-Los cuentos se repiten y se repiten. Hemos vivido el cuento de la lechera, el de los tres cerditos, el del lobo feroz que asomaba la patita debajo de la puerta y nos decía: ‘ven a mi banco’. Pero esto es cíclico. Por eso procuro tranquilizar a la gente recordándole que cuando el error llega a la cumbre, hay que volver al inicio. A nosotros también nos pasará.

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