lunes, 29 de septiembre de 2014

Adiós a Ana Botella, la alcaldesa que nadie quería (ni votó)

Tàssies
Los callejeros de las grandes urbes están repletos de nombres de alcaldes que dejaron un recuerdo honroso entre los vecinos y una obra memorable en la historia de la ciudad. Cuesta imaginar que algún futuro sucesor de Ana Botella al frente del Ayuntamiento de Madrid se anime a dedicarle una plaza o un bulevar, ni siquiera un callejón. Dar con un madrileño que sostenga que la mujer de José María Aznar ha sido una buena regidora es tan difícil como encontrar partidarios de la independencia de Catalunya en los recodos del Manzanares. Su dimisión en diferido –se retira, pero aún le quedan ocho meses de alcaldesa zombi- es la prueba más evidente de esa realidad: a Botella no la quieren.

No la quieren ni los suyos, y ha sido precisamente ese desapego, que en su caso es parejo entre los votantes y los cargos del Partido Popular, el que ha acabado despertándola del sueño político con el que empezó a fabular a principios de la década pasada. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que su marido plantaba los pies sobre la mesa de George Bush, puro en mano, y ella casaba orgullosa a su hija en el Escorial con pompa de ceremonial de Estado.

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Infiltrada de gloria, Botella no pudo –o no quiso- evitar la tentación de verse a sí misma como una Hillary Clinton mesetaria, capaz de prolongar la misión de su marido después de la prometida retirada de este. Al plan se ofreció gustoso el siempre servil Alberto Ruiz Gallardón, quien se ganó una palmada en la espalda de Aznar en el 2003 tras convertir a su esposa en teniente alcalde del Ayuntamiento de Madrid, para pasmo de al menos la mitad del vecindario. A esas horas, su experiencia política se limitaba a posar sonriente en las fotos oficiales junto a las primeras damas que visitaban la Moncola.

Desde entonces, su gris gestión al frente de las concejalías de Empleo y Servicios a la Ciudadanía (del 2003 al 2007) y de Medio Ambiente (del 2007 al 2011) fue contemplada con ambivalencia por la ciudadanía de la capital. Sus más afines contenían la respiración cada vez que le acercaban un micrófono por miedo a que soltara cualquier disparate. Sus detractores aguardaban con ánimo chusco sus declaraciones para sacarles punta, y eso que entonces no existían Whatsapp ni los memes de internet.

Son los años en los que Botella, rodeada de asesores municipales, se despachaba a gusto afirmando que la homosexualidad equivale a juntar “peras y manzanas”, el aborto es “meter niños de siete meses de gestación en trituradoras”, los mendigos son “una dificultad añadida” para la limpieza de las calles y la contaminación de la ciudad no la causa el tráfico, sino “el buen tiempo”. Madrid tiene el dudoso honor de haber contado con la única responsable de Medio Ambiente del mundo que afirma categórica: “El planeta debe estar al servicio del ser humano, no al revés”.

Vista más como una esperpéntica rareza de raíz familiar de la derecha española que como una figura política sólida, a Botella se le perdonaba todo, pues en el fondo nadie la tomaba en serio. Sin embargo, el plan trazado en el 2003 iba a hacerse realidad siete años más tarde, cuando Rajoy nombró ministro a Gallardón y la número dos de la candidatura local del PP se convirtió en la primera mujer que accedía al bastón de mando del Ayuntamiento de Madrid.

Era la hora de probar su valía, si la tenía, pero en estos casi tres años la alcaldesa se ha distinguido más por su falta de ambición que por su talla política. Heredó una ciudad endeudada hasta las cejas por las farónicas obras de Gallardón y aplicó sin rechistar la tijera que le impuso el ministro Montoro, dejando algunos servicios públicos, como el de limpieza, reducidos a su mínima expresión. Y cuando el destino exigió de ella capacidad de reflejos y lucimiento, dejó a la vista sus limitaciones. En el puente de Halloween del 2012, con los cadáveres de las cinco jóvenes que fallecieron en el recinto municipal Madrid Arena de cuerpo presente, Botella prefirió irse a un spa de Portugal, como tenía previsto. Meses más tarde, cuando le tocó defender la candidatura olímpica de Madrid 2020, que fue otro proyecto heredado, alcanzó el ridículo con su antológico “relaxing cup of café con leche in plaza Mayor”.

Estos días, los obituarios políticos que han glosado su figura señalan esas dos manchas como las principales causas de su falta de popularidad. En realidad, sus problemas vienen de atrás y tienen que ver con el pecado original de su nombramiento por el dedo conyugal. Se va sin haber perdido ni ganado ni una sola elección. Ni Madrid ni su callejero recordarán a una alcaldesa a la que nadie quiso, ni votó.

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