miércoles, 18 de febrero de 2015

'El tren de los huérfanos', la novela que rescata del silencio la historia de 250.000 niños enviados al destierro en EE.UU.


Que la historia nunca la cuentan los parias lo prueba el drama humano que habita bajo el último fenómeno literario llegado desde Estados Unidos. ‘El tren de los huérfanos’ (Ediciones B), que lleva vendidos un millón y medio de ejemplares en aquel país, novela la trayectoria vital de un personaje de ficción, la nonagenaria Vivian Daly, pero sus experiencias son tan reales como las que soportaron durante 75 años 250.000 niños norteamericanos, protagonistas del mayor caso de migración infantil de la historia, y sin embargo hasta ahora silenciado.

Entre 1854 y 1929, en Estados Unidos estuvo operando un servicio ferroviario del que hoy pocos tienen noticia. Se le llamó ‘el tren de los huérfanos’ y estuvo dedicado a trasladar hasta las zonas de labranza del medio oeste a niños que malvivían en las calles de las principales ciudades de la costa este del país, como Nueva York. Unos provenían de orfanatos, otros habían sido abandonados a su suerte por familias desarraigadas, los más habían sido enviados a América desde Europa para que escaparan de las hambrunas que arrasaban el viejo continente.




Aquellos convoyes cumplían una doble misión: limpiaban las calles de mendicidad y surtían de brazos un amplio territorio falto de mano de obra tras la abolición de la esclavitud. En su recorrido por las principales ciudades del interior, los niños iban siendo tomados en adopción y sus destinos quedaban marcados para siempre por ese azar. Unos acabaron en buenas familias que les educaron y trataron con afecto; otros fueron objeto de la más dura explotación. Pero todos, hasta los más afortunados, se sintieron marcados por el estigma del desarraigo y al crecer prefirieron borrar de sus memorias aquella incómoda página. Cancelado el programa de traslados, tampoco las autoridades estaban por sacar pecho de la experiencia. Un manto de silencio cayó sobre esta terrible y conmovedora historia.
Hace doce años, la novelista británica Christina Baker Kline (nació en Cambridge, Inglaterra, pero vive desde pequeña en Estados Unidos), de visita en casa de sus suegros, vecinos de Fargo, encontró por casualidad un recorte de un periódico antiguo que hablaba de la llegada de uno de aquellos trenes a esta localidad de Dakota del Norte. Hasta cinco miembros de su familia política aparecían mencionados en el artículo, pero ninguno de sus descendientes había oído hablar jamás de esos niños. “Me impactó la noticia tanto como el misterio que la rodeaba. Pensé que aquí había una historia digna de contar”, recuerda la novelista,

Antes, claro, tocaba desvelar el secreto, ponerle nombre, rostro y testimonio a esos críos que un siglo atrás, a veces más, habían sido enviados a ciegas a una nueva vida a bordo de un destartalado ferrocarril. Tras varios años de investigación, la autora consiguió dar con varios de ellos y localizó un par de asociaciones que, modestamente y sin hacer mucho ruido, habían puesto en contacto a un puñado de aquellos menores, hoy ancianos de avanzada edad.

Sus relatos eran estremecedores. “Había de todo. A unos les había ido bien en la vida, a otros no tanto, pero a todos les costaba hablar de los trenes, tenían un conflicto emocional con aquello”, recuerda la escritora, quien logró reunir hasta 300 testimonios diferentes, entre entrevistas personales a supervivientes y referencias biográficas de otros que habían fallecido. Baker Kline llegó a viajar a Irlanda, país de procedencia de muchos de los niños, para hacer el recorrido completo de sus vidas.

Fue hablando con ellos como descubrió el protocolo que solía seguirse en aquellos viajes. Los vagones salían llenos de niños y se iban vaciando conforme avanzaban hacia el oeste. Los primeros en ser elegidos eran los varones de menor edad, que podían ser educados desde pequeños y ofrecían más garantías para el trabajo. “Las niñas, sobre todo las mayores, las escogían las últimas. Se las consideraba una amenaza para la mujer de la casa. También eran rechazados los pelirrojos con pecas. Se pensaba que tendían a ser más traviesos”, cuenta la autora, madre de dos niños con el pelo color zanahoria.

Hija de un historiador, Baker Kline reconoce que todos estos testimonios podrían haber acabado formando parte de un ensayo, pero su vena novelista la persuadió de un detalle no menor. “Un libro de investigación histórica habría servido para relatar los hechos, pero no habría permitido expresar la realidad emocional que vivieron aquellos niños, y que muchos me contaron en las entrevistas. Ese es el territorio de la novela, no del ensayo”, razona.

Vivian, la superviviente de los trenes, es una de las dos protagonistas del libro. La otra es Molly, una adolescente desarraigada y sin hogar que se cruza en su camino al final de su vida y que le ayudará a rescatar de su memoria todo lo que nunca había contado. El libro va saltando del presente al pasado en los sucesivos capítulos. “El relato que Vivian hace de su vida está basado, estrictamente, en lo que me contaron los que viajaron en los trenes. Aunque todo esté novelado, no hay ninguna situación inventada”, aclara la autora.

Baker Kline, que visitó la semana pasada España para presentar la obra, dice sentirse doblemente satisfecha: al éxito de ventas, que ha estado propulsado por el boca-oreja, se añade la sensación de haber cometido un acto de justicia histórica. “Cuando empecé mi investigación quedaban 150 viajeros de los trenes vivos. Hoy no quedan más de diez, pero en mi país hay tres millones de descendientes suyos que han agradecido conocer la verdad. ¿Por qué esto se silenció durante tantos años? Porque la historia siempre la escriben los triunfadores, nunca los perdedores”, concluye la escritora.

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