lunes, 23 de febrero de 2015

JANE HAWKING: "Stephen fue cruel conmigo, pero ya no siento rencor"

A sus 70 años, Jane Hawking no ha perdido un ápice de la dignidad, la flema británica y la dulzura en las formas con las que se ha paseado por la vida. Con la misma paciencia infinita con la que estuvo 25 años cuidando al afamado físico Stephen Hawking, afectado por una enfermedad neuronal degenerativa que acabó inmovilizando todo su cuerpo, recientemente se dejó someter en Madrid a una agotadora agenda de entrevistas para promocionar ‘Hacia el infinito’ (Lumen), su libro de memorias, en cuyas páginas está basada la película ‘La teoría del todo’, candidata a cinco Oscars, y donde relata cómo fueron aquellas dos décadas y media a la sombra del genio.

En el perfecto castellano que aprendió cuando estudiaba lenguas Romances, usa palabras severas para referirse a los comportamientos que no le gustaron de su ex marido, que según ella acabó convertido en un tirano en la intimidad. Pero las suelta serena, sin amargura, como si su carácter templado hubiera logrado vencer a todos los rigores que le tocó vivir.

Leer la entrevista en El Periódico



-¿Qué la animó a escribir sus memorias?
-Sentía que debía hacerlo. Había pasado una etapa muy importante de mi vida al lado de un personaje tremendamente famoso, pero de quien no se sabía todo, y no quería que alguien que no conociera la historia real la contara algún día faltando a la verdad. Sólo yo sé cómo fueron en esos años. La decisión la tomé cuando Stephen y yo nos separamos, pero necesité un tiempo para sentarme a escribir.

-¿Por qué?
-Stephen me dejó en febrero de 1990 para irse con una de las enfermeras que lo trataban. En ese momento estaba totalmente agotada, rendida, y también dolida y amargada, porque me había tratado mal, había sido muy cruel conmigo. Sentía un rencor muy profundo y necesité varios años para superarlo. Hoy ya no tengo ese sentimiento hacia él.

-¿A qué se debía aquel rencor?
-Los últimos años con Stephen fueron muy difíciles. Él se había convertido en una estrella, todo el mundo le adoraba, sobre todo las enfermeras, que lo convirtieron en un dios, pero los niños y yo quedamos arrinconados como si no tuviéramos derecho a vivir con una persona con su inteligencia y brillantez. Continuamente había periodistas y cámaras de televisión en casa para entrevistarle, desordenándolo todo. Era el precio de la fama, pero la fama era sólo para él. Para el resto de la familia fue una auténtica pesadilla. Algunos días, mis hijos no podían estudiar porque la casa estaba llena de gente.

-Pero no fue usted quien le abandonó, sino él.
-No podía hacerlo, Stephen seguía dependiendo de mí. Si un día fallaba alguna enfermera, era yo quien se hacía cargo de su cuidado, como lo había estado haciendo sola hasta que en 1985 sufrió una neumonía que estuvo a punto de costarle la vida, y que le dejó sin habla ni posibilidad alguna para comunicarse. A pesar de todo, seguía queriéndolo y conservaba hacia él un sentimiento de lealtad, que aún hoy conservo.

-¿Aún hoy? ¿Cuál es su relación actualmente
-Hoy somos buenos amigos. Ya no siento rencor, sino amabilidad y cariño, y también un inevitable impulso de protección, que creo que conservaré para siempre. Es curioso, pero al ver la película he recordado cómo era nuestra relación al principio, y ha sido muy emocionante para mí, porque el actor que le da vida, Eddie Redmayne, se parece muchísimo al chico del que yo me enamoré hace más de 50 años.

-Cuando ocurrió aquel flechazo, usted ya sabía que Stephen Hawking sufría una enfermedad degenerativa incurable.
-Sí. Stephen y yo nos conocimos en la fiesta de año nuevo de 1963. A los pocos días me invitó a su fiesta de 21 cumpleaños. Un mes más tarde, unas amigas me contaron que le habían llevado a un hospital y le habían diagnosticado una enfermedad que no tenía tratamiento y que con toda probabilidad acabaría con su vida en dos o tres años. Aquello me impresionó muchísimo. Yo era muy joven y la muerte no entraba en mis planes. No concebía que alguien con la vitalidad de Stephen pudiera morir.

-¿Qué pasó después?
-En ese momento aún no estaba enamorada de él, pero me había sentido muy atraída por su inteligencia, su sentido del humor y esos ojos tan limpios y brillantes que tenía. Un día nos encontramos por casualidad en la estación y me invitó a salir. Iniciamos una relación que lentamente fue siendo más fuerte. En ese tiempo tuve que viajar a España para practicar el español, porque estaba estudiando lenguas Románicas. Y fue aquí, en concreto en Granada, donde descubrí que estaba enamorada, porque me pasaba todo el rato pensando en él.

-Se casó sabiendo que podía enviudar en un par de años. 
-Sí, pero era joven, me sentía fuerte y pensé que podía dedicar dos o tres años de mi vida a intentar que él estuviera lo mejor posible el tiempo que le quedara, y quién sabe si podía ayudar a prolongar su existencia. Le dije: vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos para superar la enfermedad. Esa energía me duró diez años. Una década después, me vi con la casa, nuestros dos hijos mayores y Stephen dependiendo de mí, y sin ninguna ayuda.

-¿Él qué decía?
-Durante mucho tiempo se opuso a que alguien me echara una mano en casa. Para él, lo único importante era la física, el resto no existía. Realmente, el día de mi boda nos casamos cuatro: Stephen, yo, su enfermedad y la diosa física. Estas dos últimas presencias condicionaron nuestro matrimonio. Cuando llegaba el fin de semana, Stephen se sentaba como la estatua de Rodin y se quedaba inmóvil. Yo debía vigilar que los niños no hicieran ruido para no molestarle. Después de varios días sin decir nada, de pronto sonreía, abría la boca y soltaba: “Acabo de hacer un gran descubrimiento para la física”. Así ha sido mi vida durante años.

-¿Ha sido más difícil vivir con el genio de la física o con el enfermo?
-No sabría contestar, porque la diosa física y la enfermedad han sido los dos rostros inseparables de Stephen. Seguramente, mi vida con él habría sido más fácil si sólo hubiera estado la física, porque al menos me habría dicho lo que pasaba por su cabeza. Pero la enfermedad le hizo muy introspectivo, no contaba nunca nada, sólo ordenaba lo que necesitaba, y punto.

-¿Cómo llevaba su enfermedad?
-Muy mal, y eso fue, quizá, lo que más me agotaba, más incluso que cuidarle. En casa estaba prohibido hablar de su enfermedad, era tabú. Nunca quería contarnos nada que tuviera que ver con ese tema, ni nosotros podíamos hacerlo. Si yo hacía algún comentario sobre su dolencia, él reaccionaba como si le hubiera insultado. El carácter de Stephen lo complicó todo aún más. 

-Si pudiera volver atrás, ¿Qué cambiaría de su pasado?
-Si hubiera sabido que mi vida con Stephen iba a durar tantos años en aquellas condiciones, habría tratado de persuadirle al principio de la relación para que no se encerrara en sí mismo tanto. Porque eso fue para mí lo peor, vivir con alguien con quien no podía hablar de lo que más le afectaba. Acabé adivinando sus pensamientos intuitivamente, no porque él me los contara. Entiendo muy bien a las personas que tienen a enfermos dependientes a su cargo. De hecho, mi libro también lo escribí pensando en ellas.

-¿Qué les diría?
-Más que a esas personas, me gustaría dirigirme a los gobiernos y a toda la sociedad para recordarles cómo viven los que tienen a familiares con alguna dependencia a su cargo. Conozco multitud de casos similares al mío, y la mayoría lo sufre en soledad, con escasísimas ayudas. Se calcula que en mi país, Reino Unido, hay un millón de menores que han de cuidar a adultos con alguna minusvalía, y eso no debería ocurrir, es una cuestión de humanidad. He vivido con la preocupación de que mi hijo mayor, Robert, se haya perdido parte de su infancia por ayudarme a cuidar a su padre, porque había días que yo sola no podía.

- Stephen Hawking ha dedicado su vida a buscar una teoría que unifique todas las leyes de la Física, la famosa ‘teoría del todo’ ¿Usted qué ha buscado en la vida?
-Ser feliz y hacer feliz a los que estaban conmigo. Sentir amor y darlo, no sólo entre dos personas, sino con todo el mundo. Esa ha sido mi teoría del todo.

-¿La ha encontrado?
-Hoy sí. Puedo decir que estoy satisfecha con mi vida.

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