lunes, 20 de julio de 2015

ESPANTADOS DE TWITTER. Los linchamientos en la red provocan huidas de twitteros y recelos entre usuarios

Los linchamientos en Twitter, cada vez más frecuentes, provocan deserciones de ilustres tuiteros que cancelan sus cuentas espantados ante los ataques. Los expertos recomiendan ignorar a los trolls o bloquearlos, y si hay amenazas, denunciarlos a Twitter y a la Policía. Pero los que se plantean dejar la red social, o lo hicieron en el pasado, tienen sus razones. También los que ven el fenómeno del pajarito azul desde la distancia.

“Confesados los pecados, dejo la tribu liberado y muy feliz. Empieza la maravillosa vida post-Twitter”. Con esta contundente despedida, el editor y articulista Ernest Folch, director de Ediciones B y presidente de la Associació d'Editors en Llengua Catalana, cerraba su artículo de opinión del pasado 17 de junio en El Periódico, que llevaba por título “Por qué dejo Twitter” . El linchamiento online del concejal del Ayuntamiento de Madrid Guillermo Zapata, desatado en la red a raíz de sus lamentables tuits del 2011, ha sido la gota que ha colmado su paciencia.

Dos días más tarde, el periodista y también columnista John Carlin celebraba en las páginas de El País haberse tomado “unas vacaciones en Twitter” en los días en los que el edil madrileño ardió en la plaza pública de la red social. “Por suerte me quedé callado, no me uní a la flashmob tuitera, y me alegro de ello”, decía en un artículo titulado ‘La turba tuitera’.

Leer artículo en El Periódico



Las controversias generadas alrededor de Twitter, cada vez más frecuentes y sonadas, sacan a la luz las disfunciones que entraña esta herramienta de comunicación y ponen sobre la mesa las incomodidades que manifiestan destacados twitteros. Muchos de ellos se plantean dejar de usarla, unas veces asustados por el peligro que encierran los tuits que cargó el diablo en el pasado y otras, directamente, espantados ante las lapidaciones que se ofician este foro público.

El ‘caso Zapata’ ha sido la última gran bomba estallada en el nido del pajarito azul con resaca en forma de estampida de usuarios. Al propio concejal madrileño, la polémica le costó cerrar su cuenta personal para abrirse posteriormente otra libre de mácula. Pocos días más tarde, el nuevo conseller de Educación del Gobierno Valenciano, Vicent Marzá, clausuraba su perfil en Twitter, donde era muy activo cuando sus obligaciones se limitaban a ser maestro de escuela y militante del Bloc. Poco después reabría de nuevo su cuenta, tras rastrear limpiar su ‘timeline’ de cualquier mensaje susceptible de ser usado en su contra.

Zapata y Marzá siguen a fecha de hoy en Twitter. No así el economista José María Gay de Liébana, quien a finales del 2013 decidió cerrar su cuenta después de sufrir una campaña de insultos y difamaciones. Fan de la comunicación y con un carácter muy didáctico, el economista no disimula el pellizco que siente cada vez que se le recuerda este asunto.

“Me sabe muy mal no estar en Twitter, porque es una herramienta muy útil y yo era muy activo. Llegué a tener 93.000 seguidores y contestaba a todo el mundo, procuraba aclarar cualquier duda que me plantearan, pero aquella avalancha de ataques me hizo huir. No quiero estar en un sitio donde me insultan”, explica. Gay de Liébana sólo se plantearía volver si los usuarios estuvieran obligados a identificarse. “En Twitter hay demasiado pirata dedicado a linchar amparándose en el anonimato”, suspira.

Ni exigiendo que la gente ponga el DNI junto a su foto, el periodista deportivo Santiago Segurola se plantea regresar a Twitter. Lo probó durante varios meses y tuvo suficiente. “No sé cómo lo usarán los suecos, pero en España sirve para fomentar el combate visceral tan propio de nuestro carácter”, afirma. A finales del 2010, poco después de abrirse su perfil en esta red social, el debate futbolístico nacional se caldeó a cuenta de Jose Mourinho, por entonces entrenador del Real Madrid, con quien el periodista era muy crítico. Ante la lluvia de descalificaciones personales que empezó a caerle encima, Segurola decidió cancelar su cuenta.

“La pasión del fútbol se traslada muy mal a Twitter. Se crean debates exacerbados y antihigiénicos. Por momentos sentía que estaba en un bar de borrachos”, recuerda. Contra el dogma que obliga a todo profesional de la información a estar activo en esta plataforma, el periodista afirma: “Puede que en estos años me haya perdido alguna frase ocurrente, pero he ganado calidad de vida”.

“Yo también he participado en esos linchamientos”, reconoce el ex twittero Ernest Folch entonando su mea culpa. Y es el espanto de verse a sí mismo formando parte de la turba lo que ha acabado animándole a marcharse. “Las viejas peleas entre tribus son hoy peleas entre tribus de Twitter. O estás conmigo o contra mí, no hay espacio para el matiz ni la reflexión. Se retuitea de manera impulsiva, sin contrastar los datos, y con un claro afán por dañar al que piensa diferente”, denuncia. Quienes le conocen saben que es la antítesis del hooligan de bate en mano, pero esta herramienta, dice, contiene una perversidad que envenena: “Fomenta el culto al ego de forma adictiva. Todo vale por conseguir una mención o un retuit. Se ha convertido en el nuevo espejo de la madrastra de Blancanieves”, sentencia.

Como el drogadicto que planta cara a su dependencia, Folch confiesa que en las últimas tres semanas ha sentido impulsos por volver a tuitear. No sabe si en el futuro regresará a la red social, pero por ahora se resiste. “Es un acto de libertad, quiero probar a vivir fuera de la cueva”, dice.

No es el único que se debate en este dilema. Ni el primero. En los últimos años, políticos como Elena Valenciano, Jordi Sevilla, Rosa Díez y Esteban González Pons, artistas como Alejandro Sanz y Andrés Calamaro, y presentadores como Andrés Buenafuente, entre otros, decidieron en algún momento tomarse unas “vacaciones de Twitter”, casi siempre al calor de alguna polémica incendiada a golpe de tuit.

Las deserciones de la red social no son exclusivas de estas latitudes. Figuras internacionales como Miley Cyrus, Courtney Love, Alec Baldwin, Ashton Kutcher, Demi Lovato, Charlie Sheen o Adele, entre otras, también volaron durante un tiempo lejos del nido del pajarito azul asustadas por los mensajes de sus seguidores o de quienes renegaban de ellas, aunque posteriormente volvieron. Y si no lo hicieron ellos mismos, ya se encargaron de hacerlo en su nombre sus community managers, atentos a cuidar la imagen online de sus apoderados y a esquivar cualquier crisis que se desate.

El actor y humorista Santiago Rodríguez, famoso por su papel de frutero en la teleserie ‘7 vidas’, sabe lo que es salir y entrar de Twitter a golpe de polémica. En el 2012 confesó públicamente su fe católica y acto seguido lo abrasaron a mensajes injuriosos. Abrumado ante aquella avalancha, abandonó la red. “Quise quitarme de en medio, pero al final se armó tanta polémica por mi salida de Twitter que el remedio fue peor que la enfermedad”, recuerda. Todo es susceptible de ser pasto de los picotazos del pajarito azul.

Dos semanas más tarde, Rodríguez volvió a Twitter. Y aquí sigue. “El problema no es la herramienta, sino la educación de la gente. En este tiempo he aprendido a dar de lado a los ataques cuando se producen y a concentrarme en ayudar a la gente que lo necesita. Twitter puede ser un instrumento muy útil para ejercer la solidaridad”, explica el cómico.

“Cuando se produce una crisis en Twitter, lo más inteligente es mantener la calma. Si se hace bien y con humildad, a la mayor metedura de pata se le puede dar la vuelta y el lío puede acabar convirtiéndose en algo útil”, señala Juanfran Escudero, conocido como “el community manager de las celebrities”. Tiene a su cargo una docena de perfiles online de personajes conocidos (actrices, modelos, presentadores) cuya identidad se niega a revelar, pero a quienes suele dar un mismo consejo: “Cuando llegan las críticas, lo primero es dialogar y explicar. Si se producen insultos, está la opción de bloquear al troll. Y si hay amenazas, toca llamar a la Policía. Pero no porque haya indeseables en Twitter, hay que marcharse”, opina.

Los presentadores de televisión Eva Hache, María Escario, Juanma Castaño y Lara Siscar conocen bien ese periplo: los cuatro acabaron denunciando en comisaría el acoso que sufrieron en la red, y del que Twitter no supo hacerse cargo. “Este es uno de los puntos débiles de esta plataforma, y que más urge corregir. Los mecanismos para denunciar las situaciones de abuso y los contenidos inadecuados deberían ser más rápidos y eficaces”, reconoce el experto en redes sociales y cultura 2.0 Manuel Moreno.

En su opinión, a este invento le queda mucho por mejorar. “Debería humanizarse más. A fin de cuentas, Twitter no es más que personas comunicándose con personas. Si en el metro golpeamos a alguien sin querer, pedimos perdón y seguimos nuestro camino, no nos echan del vagón. En la red debería ocurrir igual. Hay que aprender a rectificar, pero si alguien se siente incómodo, lo mejor es que no esté. Formar parte de Twitter no es obligatorio para vivir ni para triunfar”, advierte.


¿Es posible existir sin estar en Twitter?


Entre los dogmas de la vida contemporánea asentados hoy en día con mayor fuerza, hay uno que brilla con luz propia: “Si no estás en Twitter, no existes”. La fiebre con la que nuestra cultura ha adoptado esta herramienta de comunicación ha convertido en cuestión de vida o muerte la presencia en el nido del pajarito azul para marcas, celebrities, políticos y particulares. Sin embargo, no todos los que aparecen continuamente en los papeles y las pantallas desean figurar en los timeline de los usuarios. Y tienen sus razones.

Si mañana decidiera abrirse un perfil en Twitter, el Gran Wyoming no tardaría en encabezar el ranking de seguidores. Sin embargo, el presentador de ‘El Intermedio’ tiene claro cuál es su sitio: "El famoso, lo que tiene que hacer cuando está en su vida privada, es meterse en un rincón. No quiero que la gente esté pendiente de lo que pienso. Por otro lado, soy muy sanguíneo y sé que Twitter me iba a crear muchos problemas. Además, tengo otras cosas que hacer”, alega el comunicador.

Iñaki Gabilondo sabe que le bastarían pocas horas para convertirse en un auténtico influencer –usuario con multitud de seguidores-. Lo sabe porque se lo dijeron. “Un día me llamó un amigo felicitándome por haberme apuntado a Twitter. Yo no había hecho nada, pero alguien me había usurpado la identidad y en una hora tenía más de 5.000 seguidores”, cuenta entre risas. El periodista prefiere mantener esta herramienta en la distancia. “Es un invento excelente, pero mi tiempo es muy valioso y prefiero dedicarlo a leer o escuchar música”, argumenta.

Para muchos futbolistas, Twitter se ha convertido en una prolongación de sí mismos –Iniesta es el segundo usuario español con más seguidores, tras Alejandro Sanz, y Piqué el tercero- pero no busquen en esta red social a figuras adoradas como Messi, Xavi Hernández o Pep Guardiola. Situación parecida ocurre en el cine y la tele. Para muchos actores y presentadores, disponer de una lista larga de followers es el mejor argumento para pelear un buen caché, pero figuras como Ricardo Darín, Barbara Lenine, Mercedes Milá o Sara Carbonero han declarado abiertamente su oposición a tener un perfil propio en Twitter.

“Me doy miedo. Si tuviera Twitter, podría acabar con mi carrera”, argumenta Maribel Verdú. En Hollywood la entienden perfectamente estrellas como George Clooney, Brad Pitt, Angelina Jolie, Catherine Zeta-Jones, Michael Douglas o Jennifer Aniston, todos sin perfil en Twitter. “No hay nada que prefiera menos que estar continuamente compartiendo detalles de mi vida cotidiana”, ha declarado al respecto Scarlett Johanson.

Entre la intelectualidad tampoco hace furor esta plataforma. Al contrario, es frecuente oír argumentos en contra, como el que daba recientemente Mario Vargas Llosa: “Hay información que no se puede dar en 140 caracteres”, señalaba el Nobel. Más contundente es el escritor y semiólogo Umberto Eco, quien el mes pasado, al recoger el diploma honoris causa de la Universidad de Turín, declaró: "El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad". Tampoco tiene Twitter, ni le ve la gracia a tenerlo.


Las debilidades del pajarito azul


En la cresta de la ola de Myspace, nadie habría apostado por la muerte de la plataforma que le dio la vuelta a la distribución de música en internet, pero la red social que situó en el mapa a miles de bandas desconocidas y conectó a los usuarios como nadie lo había hecho antes, tardó pocos años en verse reducida a la irrelevancia. Lo mismo le pasó a Messenger. Y a Tuenti. ¿Podría Twitter acabar teniendo un destino similar?

En este momento, la plataforma de comunicación que ha revolucionado el tráfico de información en el planeta y la vida cotidiana de los ciudadanos –imposible hoy ver la tele o asistir a un evento social sin toparse con el símbolo del hashtag- está lejos de desaparecer, pero empieza a emitir preocupantes señales de fatiga. Principalmente dos: su número de usuarios ha dejado de crecer y las cuentas de la empresa siguen arrojando números rojos.

Hace apenas dos años, nada ni nadie parecía ser capaz de frenar a la herramienta que había conseguido poner en contacto en condiciones de igualdad a usuarios con celebrities, políticos, marcas y a ciudadanos entre sí. En el 2012, la familia twittera creció un 50%. Un año más tarde, esa progresión se había reducido al 25%. La temporada pasada, Twitter sólo vio aumentada su población un 18% y actualmente apenas crece a ritmos del 2%.

Los 302 millones de usuarios activos (los que envían al menos un mensaje al mes) que hay hoy repartidos por todo el planeta se han visto superados por los fans de Instagram, la plataforma para compartir fotos, convertida ya en la segunda red social con más seguidores del mundo tras Facebook. Por otro lado, hace tiempo que en Twitter hay más perfiles fantasma que operativos: existen 390 millones de cuentas sin actividad.

Siendo alarmante este dato, lo que ha acabado costándole recientemente el puesto al consejero delegado de la compañía, Dick Costolo, tiene más que ver con el bolsillo que con la libertad de expresión que presume promover Twitter. A diferencia de Facebook, que ha logrado convertirse en una gran herramienta comercial y en un suculento negocio para sus accionistas, el pajarito azul no consigue monetizar su potencial de comunicación y en el ejercicio del 2014 arrojó pérdidas por valor de 480 millones de euros. En los últimos tres meses, el valor de las acciones de la compañía ha caído un 34%.

Ante este panorama, Twitter ha empezado moverse y ha anunciado cambios, como la posibilidad de alargar el tamaño de los DM (mensajes directos que se envían los usuarios de forma privada) hasta los 10.000 caracteres y la incorporación de herramientas para que los usuarios emitan vídeos en directo a través de sus sus perfiles.

“A Twitter le falta algo y necesita reinventarse para ser rentable y atraer a nuevos usuarios, la cuestión es cómo debe hacerlo, porque no todos los cambios son necesariamente buenos”, advierte el experto en cultura 2.0 Manuel Moreno. En su opinión, hay líneas rojas que Twitter debe respetar. “No puede perder su esencia, que consiste en la rapidez y la brevedad, en lo inmediato. Si no, hablaremos de otra cosa diferente a Twitter”, señala.

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