jueves, 26 de noviembre de 2015

40 AÑOS SIN FRANCO. ¿Qué hacer con tanta estatua ecuestre y tanto escudo del águila en el desván?

La mayoría de los vestigios del antiguo régimen descansan hoy en trasteros municipales de todo el país sin un destino definido. Los expertos en patrimonio reclaman conservarlos para usarlos en el futuro en exposiciones e intervenciones artísticas que expliquen el pasado. Mientras tanto, 40 años después de la muerte del dictador, en las calles sigue habiendo ornamentos que infringen la ley de la Memoria Histórica. El descontrol sobre este patrimonio cultural ha permitido que actualmente una cabeza de Franco ande suelta por Barcelona. Se la perdió de vista cuando fue retirada la estatua ecuestre del caudillo de su emplazamiento en el castillo de Montjuic.

La estatua ‘La Victoria’, que habitó durante 71 años el cruce de la avenida Diagonal y el paseo de Gràcia, concentra en cuatro metros de bronce el devenir de la simbología franquista que pobló, y sigue poblando, la vía pública. Ideada inicialmente para honrar al presidente de la primera república, Pi i Margall, su autor, el escultor Frederic Marès, la reconvirtió en un homenaje a las tropas nacionales que tomaron Barcelona, para lo cual cubrió el pecho que la figura femenina llevaba al aire en el proyecto inicial.

Inaugurada en esta ubicación el 26 de enero de 1940, la escultura fue retirada del ‘cinc d’ors’ el 30 de enero de 2011 y desde entonces descansa en uno de los almacenes que tiene el Museu d’Historia de Barcelona (MUHBA) en la Zona Franca. Ahora, coincidiendo con el 40 aniversario de la muerte de Franco, el monumento formará parte de una intervención artística dentro de las jornadas ‘Franco 40/40, el franquisme en quarentena’ que organiza el Observatori Europeu de Memòries. “La obra ayudará a explicar qué significaron aquellas cuatro décadas de dictadura”, apunta Jordi Guixé, director del Observatori. 

‘La Victoria’ cerrará así un círculo virtuoso y no sólo servirá para recordar los años vividos bajo el yugo del franquismo, sino también la lucha por la libertad que el monumento representa. No en vano, en sus siete décadas de vida fue objeto de numerosos atentados que acabaron persuadiendo a las autoridades de la conveniencia de rellenar su interior de hormigón para evitar una posible voladura.



Muy distinto es el destino que ha tenido el resto de la iconografía urbana de inspiración franquista que ha ido sido eliminada de la vía pública en los 40 años transcurridos desde la muerte del dictador. Estatuas, figuras ecuestres, monumentos, blasones, placas, lápidas, mosaicos… La inmensa mayoría de los vestigios que no se destruyeron accidentalmente al ser retirados, se dedican hoy a coger polvo en infinidad de almacenes, trasteros y sótanos municipales repartidos por todo el país, sin que exista un registro contable del volumen total de patrimonio histórico que ha sido apartado ni una directriz clara de qué destino darle. ¿Qué hacer con tanto Franco a caballo y tanto escudo abrazado por el águila imperial?

Por lo que esas piezas representan, seguramente cualquier sondeo ciudadano que se celebrara en la calle se saldaría con una propuesta de destrucción inmediata, pero no hay gestor de patrimonio ni profesional museístico que no se lleve las manos a la cabeza ante esta sugerencia. “Para nosotros no son monumentos, son documentos, y como tales deben conservarse, porque explican un período de nuestra historia. Algún día formarán parte de exposiciones que ilustrarán sobre aquel tiempo a las generaciones futuras”, señala Josep Bracons, jefe del departamento de colecciones del MUHBA.

Como muestra, un escudo: el del yugo y las flechas falangistas que hoy puede verse en la exposición sobre la Barcelona contemporánea que se exhibe en la sede del MUHBA de Oliva Artés, y que antiguamente presidía las viviendas de protección oficial.

“Tampoco se trata de aplicar la ley a saco y arrasar con todo lo que haya en la vía pública. A veces la solución no pasa por retirar los monumentos, sino por reinterpretarlos para que expliquen la historia con sentido pedagógico, pero evitando que sirvan para honrar a aquel período”, razona Guixé.

En Barcelona, aparte de los depósitos del MUHBA, el otro gran desván del franquismo está en el almacén que tiene el área de Patrimonio y Urbanismo del Ayuntamiento en el barrio de Canyelles. Aquí, junto a un busto de Franco y un monumento a la batalla de Espinosa de los Monteros, se encuentra la estatua ecuestre del dictador que había en el castillo de Montjuic. Pero no al completo: le falta la cabeza, sin que nadie sea capaz de explicar dónde se encuentra. La figura fue retirada de su ubicación en marzo de 2008, pero cuando llegó a las dependencias municipales en agosto de 2013, ya venía descabezada.

Aparte de aspirar a convertirse en leyenda urbana y ser motivo de mofa, que una cabeza de Franco ande hoy dando vueltas por Barcelona sin paradero conocido da buena muestra de la ausencia de criterio que ha habido en los últimos 40 años en la gestión del patrimonio monumental de origen franquista. Con la llegada de la democracia, los ayuntamientos de toda España fueron retirando de la vía pública buena parte del decorado urbano que ensalzaba a la dictadura, pero se hacía sin orden ni criterio, con un ímpetu que dependía del cariz político de la corporación municipal del momento.

La ley de la Memoria Histórica, aprobada por el Gobierno de Zapatero en diciembre de 2007, pretendía poner orden en esa limpieza a medias. “Se trataba de conservar las huellas que expliquen la historia. Una escultura de Franco en la calle no explica el pasado, sólo rinde homenaje. Un escudo preconstitucional se explica mejor en un museo, no en la puerta de un edificio público”, explica Carme Molinero, catedrática de Historia de la Universitat de Barcelona y miembro de la comisión de expertos que creó el ministerio de Cultura para fijar los criterios de eliminación de ornamentos.

En cumplimiento de aquella ley, en los últimos años han ido desapareciendo de las calles los monumentos franquistas más notorios que quedaban, como la estatua de Franco a caballo de Santander, la última figura ecuestre del dictador que había en la vía pública, y que fue retirada en diciembre de 2008. Pero la falta de entusiasmo del Gobierno del PP hacia esta normativa ha diluido su cumplimiento.

Memorial Democratic, organismo de la Generalitat dedicado a conmemorar la memoria democrática de Catalunya, localizó aún en 2010 un total de 3.647 registros franquistas, entre placas, rótulos, grafitis, murales, esculturas y escudos, repartidos por toda Catalunya. A principios de 2015, el abogado Eduardo Ranz se querelló contra 35 alcaldes de toda España, entre ellos el entonces edil de Barcelona, Xavier Trías, por mantener en sus calles hasta 86 símbolos franquistas, desoyendo la legislación vigente. El más grave, la estatua de Franco que hay en Melilla, la única que hoy queda en pie. 40 años después de su muerte, el dictador se resiste a pasar al trastero.


LAS CAUSAS PENDIENTES DEL FRANQUISMO


EL CALLEJERO
Si hoy le pedimos a cualquier navegador que nos guíe hasta la calle del “General Franco”, el gps nos preguntará a cuál de las 60 localidades que tienen en su callejero una vía con ese nombre nos referimos. Caso parecido ocurre con las llamadas “del Caudillo”, “Generalísimo”, “Comandante Franco” o “Francisco Franco”.

La Ley de la Memoria Histórica ordenaba eliminar del callejero los nombres de figuras destacadas del antiguo régimen, pero a fecha de hoy el dictador sigue estando muy presente en el callejero. Y no sólo de pueblos pequeños. Ciudades como Murcia, Alicante o Valencia, entre otras, continúan rindiendo homenaje a Franco desde sus aceras. La nueva corporación municipal de Madrid prevé cambiar en breve el nombre de 160 vías que aún hoy honran la memoria de preclaras figuras del franquismo.


EL VALLE DE LOS CAÍDOS
Ley de la Memoria Histórica proponía en 2007 cambiar el significado del Valle de los Caídos para que dejara de ser lugar de peregrinación de nostálgicos del franquismo y se convirtiera en símbolo de la reconciliación nacional y culto a la memoria colectiva democrática. Esa aspiración, que pasaba por la salida de los restos de Franco y José Antonio del mausoleo, duerme hoy el sueño de los justos. Si bien desde hace cinco años no se ofician ceremonias religiosas en el templo, los huesos del dictador y el fundador de la Falange continúan en el mismo lugar, así como los de los 33.833 presos que ayudaron a construir el conjunto monumental, que hoy sufre un avanzado estado de abandono. Incluso la ONU ha pedido al Gobierno que "resignifique" el Valle para convertirlo “en un lugar de paz".


LOS JUICIOS
Las leyes y los tribunales franquistas dictaron infinidad de sentencias que no han sido reconocidas como ajustadas a Derecho por la jurisdicción democrática, pero a fecha de hoy siguen sin ser revocadas. Entre todas ellas, dos escuecen de forma especial a la conciencia democrática del país: la del presidente de la Generalitat Lluís Companys, juzgado en consejo de guerra el 14 de octubre de 1940 por “adhesión a la rebelión militar” y fusilado al día siguiente, y la del luchador antifranquista Salvador Puig Antic, juzgado por el homicidio de un policía y ejecutado el 2 de marzo de 1974, el último en ser ajusticiado mediante la técnica del garrote vil. Imposible devolverles la vida, queda pendiente que recuperen la honra.


LAS FOSAS
Probablemente, la herida más sangrante de las que quedan por cicatrizar tras el final del franquismo sea la que supuran los familiares de los que murieron en el bando republicano durante la guerra civil sin recibir sepultura. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica calcula que hoy sigue habiendo 140.000 cadáveres en enterrados en cunetas de toda España. La Ley de la Memoria Histórica promovió las exhumaciones, pero el Gobierno del Partido Popular eliminó estas partidas de sus presupuestos. “Hoy seguimos funcionando a nivel particular. Hacemos los análisis de ADN con el dinero que recibimos de organismo extranjeros”, se queja Emilio Silva, presidente de la asociación.

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