domingo, 13 de marzo de 2016

La increíble historia de SIEGFRIED MIER, el superviviente del Holocausto que supo reinventarse varias veces


Foto: José Luis Roca
A falta de la vida que le arrebataron los nazis, el destino le deparó un puñado de vidas que afrontó, exprimió y despachó con la devoción de una oruga entregada a una sucesión inacabable de crisálidas. Él dice que han sido cuatro, por hacer coincidir la cifra con los matrimonios que ha tenido, pero en realidad fueron más las vidas de las que dio cuenta en sus 81 años de intensa existencia.

He aquí Siegfried Meir Bacharach, el vástago de una pareja de judíos nacido en Fráncfort en mayo de 1934. Pero también es '117.943', el número que le tatuaron en el campo de exterminio de Auschwitz, donde perdió la pista de su padre para siempre y vio morir a su madre. Y también es Luis Navazo, el nombre que le puso el refugiado español Saturnino Navazocuando lo adoptó en Mauthausen y después lo llevó a vivir a su lado al sur de Francia.

También es Jean Siegfried, reconocida figura de la 'chanson' francesa que se codeó con las mejores voces del género en los años 50 y 60. Y es el galerista que atrajo las miradas de los parisinos hacia el arte africano a través de las piezas que vendía en su local del barrio Latino cuando dio carpetazo a su etapa de cantante.

En Eivissa, en cambio, le conocen como 'el rey de la isla'. Este es el apodo que le pusieron en las Pitiüses a raíz del éxito que alcanzaron sus negocios de ocio y restauración. También se refieren a él como a uno de los padres de la moda 'adlib', el estilo ibicenco que ayudó a popularizar con las prendas blancas de inspiración hippy que diseñaba y vendía en su tienda, y que luego exportó fuera de la isla. Sin embargo, en los catálogos de arte aparece como Bacharach, el apellido, tomado de su madre, con el que firma las esculturas que aún hoy modela, expone y vende.



A la hora de contar sus andanzas en un libro, Meir eligió el título de 'Mi resiliencia' (Ediciones B) por la alusión que este término hace a la capacidad para convertir una contrariedad en una oportunidad. Esta, y no otra, ha sido la historia de su existencia: un permanente paso adelante frente a la fatalidad, una continua reinvención. Su instinto de supervivencia le llevó a vivir las vidas que nunca imaginó. «Después de lo que pasé en los campos de exterminio, el destino me ha compensado con creces», resume el protagonista de esta historia llena de milagros y giros inesperados.

EL NIÑO JUDÍO QUE PARECÍA ARIO

Lo normal es que Meir hubiera muerto siendo un crío. Su vida podría haber acabado en las cámaras de gas de Auschwitz, donde lo recluyeron cuando tenía nueve años y entre cuyas alambradas contempló tantos cadáveres que apenas se conmovió cuando vio morir a su madre víctima del tifus. En el campo de concentración, los huérfanos eran carne de cañón, pero él logró caerle bien a la oficial de las SS que lo descubrió escondido en el barracón de las madres, y le dejó quedarse con ellas.

El propio virus del tifus, que él mismo contrajo más tarde, podría haber sido su sentencia de muerte, pero el equipo del doctorMengele, tan aficionado a llevar a cabo macabros experimentos médicos con los reclusos, en vez de aniquilarlo, le curó la enfermedad. «Creo que me salvó que era rubio, tenía los ojos azules y hablaba un perfecto alemán. Podría haber pasado por ario, solo que era judío», recuerda Meir.

Puesto a repasar los lances más trágicos de aquella etapa de su vida, reconoce que se vio morir en el tren que lo trasladó, junto a una montonera de deportados, desde Auschwitz hasta el campo de Mauthausen. «Era pleno invierno y viajábamos en vagones sin techo. Los que no caían por inanición, morían de congelación. Yo mismo llegué a perder el conocimiento, pero alguien me recogió. En mi vida hay una constante: en los momentos más terribles, siempre ha aparecido una mano que me ha salvado», explica.

En Mauthausen lo enviaron al barracón de los españoles y lo pusieron a cargo de Saturnino Navazo, un ex futbolista y antiguo combatiente republicano que al acabar la guerra civil había huido al sur de Francia, desde donde había sido deportado a los campos de exterminio nazis.

ME LLAMO LUIS Y NACÍ EN LA CALLE QUIJOTE DE MADRID

Acabada la guerra, sin familia ni identidad, el destino de Siegfried Meir no era otro que algún orfanato de Suiza, Israel o Estados Unidos. Rebelado contra ese incierto futuro, logró convencer a Saturnino Navazo para que se lo llevara con él. «Desde hoy eres mi hijo. Si te preguntan, te llamas Luis Navazo y has nacido en la calle Quijote de Madrid», le dijo el español.

Se instalaron en Revel, cerca de Toulouse, donde el falso Luis, de apenas 11 años, llegó convertido en un delincuente en potencia. «En Mauthausen, para sobrevivir, me hice un ladronzuelo sin principios. Me juntaba con los rusos y robábamos todo lo que pillábamos para cambiarlo por comida. Si en el patio veía a un moribundo, no dudada en quitarle la comida para matar mi hambre. No me siento orgulloso, pero se trataba de robar o morir», confiesa.

Lejos de las alambradas, Meir mantuvo su afición al descuido, hasta que su padre postizo le hizo ver dónde acabaría si seguía así. «No solo me salvó de la muerte. También evitó que me convirtiera en un delincuente. Desde ese momento, mi meta fue lograr que se sintiera orgulloso de mí y viera que había merecido la pena ayudarme. Él ha sido el motor de mi vida», cuenta.

Siegfried Meir habla de Saturnino Navazo con una veneración que supera al amor filial. Hasta el día de su muerte, ocurrida en 1986, estuvieron en contacto permanente, pero en aquellos años, las nuevas circunstancias familiares de Navazo -se casó, tuvo cuatro hijos y su esposa no aceptó a Siegfried Meir como hijo adoptivo- obligaron al chico judío a buscarse la vida por su cuenta cuando aún era un adolescente.

LA VOZ SERIA DE LA 'CHANSON' FRANCESA

Tras abandonar el amparo de Saturnino Navazo, su primer destino fue un taller de confección de Toulouse, donde aparte de aprender los secretos del hilo y la aguja, descubrió que su voz tenía un poder de seducción con el que no contaba. Espoleado por los aplausos de sus compañeras de costura, sus primeras fans, se animó a participar en un concurso local de canción. No ganó, pero el gusanillo del espectáculo ya corría por su interior.

Después de foguearse con una orquesta local, se plantó en París y empezó a cantar en los clubes de la Rive Gauche, hasta que fue descubierto por un sello discográfico y le propusieron grabar un disco. Durante doce años, la voz de Jean Siegfried -este era su nombre artístico- sonó en las radios de Francia junto a las de Yves Montand, Charles Aznavour, Jacques Brel, Serge Gainsbourg y Georges Moustaki, que se convirtió en su gran amigo. Pero a diferencia de estas estrellas, él nunca tuvo ese gran 'hit' que lo elevara al número uno de la 'chanson'.

Defraudado con la industria del disco, un buen día pegó un portazo y desapareció de los escenarios. «Decían que la moda había cambiado, que tenía que hacerme ye-yé, pero yo prefería cantar letras profundas, con mensaje», explica Siegfried Meir. En sus viajes como cantante por el África francófona, se había dedicado a comprar piezas de arte nativo, y con ellas montó una galería que concitó bastante interés. «Fue una nueva reinvención, pero esta no duró mucho. Necesitaba alejarme de París y de todos los personajes que había estado tratando en los últimos años», cuenta Meir. Un amigo le habló de Eivissa.

EL 'REY DE EIVISSA'

Siegfried Meir se define a sí mismo como «un hombre con agallas». Dice que las tenía cuando plantaba cara a los oficiales de las SS, logrando caerles simpático siendo tan niño y tan respondón, y las ha mantenido después, cuando ha ido saltando de etapa en etapa de su vida sin temer lo que vendría después. «No sé qué es el miedo. Cuando superas lo que yo superé de crío, te planteas: ¿qué más me puede pasar?», explica.

Solo por ese descaro se comprende que hace medio siglo llegara casi como un náufrago a la Eivissa pre-hippy y en poco tiempo se convirtiera en uno de los mayores agitadores de la vida social y lúdica de la isla. Sin más leit motiv que «hacer cosas que me divirtieran», un día montaba el primer restaurante internacional de Eivissa y a la vuelta de unos años, sin apenas darse cuenta, tenía cinco locales a su cargo, entre ellos la discoteca que abrió camino a los futuros templos de la música de la isla. Con el mismo olfato, pero sin planificación, aceptó hacerse cargo de la tienda de ropa de una amiga y revolucionó su escaparate para empezar a vender prendas inspiradas en el look de los hippies que comenzaban a poblar el entorno. Nacía la moda 'adlib', un estilo que acabaría definiendo una forma de vestir –y vivir– asociada a la isla.

Meir alza mucho las cejas cuando se le pregunta por su secreto para haber tenido tantos oficios tan diferentes a lo largo de su vida y con tanto éxito. «Lo desconozco, en serio. Quizá mi único mérito ha sido atreverme a hacer cosas que no se habían hecho antes», responde. ¿Fue la experiencia de los campos de exterminio lo que, lejos de matarle, le dio tantas vidas? Curiosamente, Auschwitz y Mauthausen han sido sus grandes secretos durante mucho tiempo. «Rechazaba hablar de la deportación, era como recordar una violación. Hasta que hace doce años, una noche, mi amigo Moustaki me pidió que se lo contara, y a partir de entonces normalicé esa parte de mi vida», explica. Solo le ha quedado una tara: «No puedo oír hablar en alemán, se me remueven las entrañas», afirma.

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