Los ESCRITORES cuentan


Dentro de los libros hay palabras, y dentro de ellas, intenciones. Estas son algunas de las inquietudes que me confesaron Manuel Vicent, Antonio Muñoz Molina, Juan José Millás, David Trueba, Salman Rushdie, Banville, Lorenzo Silva, Clara Sánchez… y otros muchos autores.


Así trabajan los escritores

Los libros esconden un incalculable caudal de horas llenas de hojas en blanco, correcciones, teclados, pantallas de ordenador, luces de flexo e inspiración. Sus páginas cuentan relatos fascinantes y arrebatadoras historias, pero silencian la no menos apasionante aventura de la creación literaria que trascurre debajo. Asomarte a ella es una invitación a contemplar la abnegación en su máxima expresión.

Quizá eso –la sensación de entrega absoluta a un oficio que ejercen con pasión y sin horarios de lunes a domingo- sea lo único que tienen en común todos los novelistas espiados en este reportaje en el lugar y el instante en el que habitualmente trabajan. Los hay mañaneros, como Juan José Millás, que empieza a escribir al alba, y vespertinas, como Carme Riera, a quien le pueden dar las tres de la madrugada trabajando.

Los hay abstemios y frugales –la mayoría-, o como Fernando Savater, quien prefiere dejarse aconsejar por un whisky para sentarse a crear. Los hay rápidos y compulsivos escribiendo, como Jordi Serra i Fabra, capaz de ventilarse una novela en un mes, y meticulosos y lentos, como Jaume Cabré, que tarda ocho años en terminar un libro.

Unos son todoterreno, como Lorenzo Silva, quien lo mismo escribe en casa que en el aeropuerto. Otros, como Gustavo Martín Garzo, necesitan sentir la intimidad de su guarida para que la imaginación se dispare. Pero en todos es común la sensación de nostalgia y desasosiego que perciben el día que ponen el punto y final a sus novelas.




DAVID TRUEBA: “Menos dramatismo y más humor, por favor”

A este paso –“hacer cine hoy es una odisea casi imposible”, afirma-, David Trueba (Madrid, 1969) lleva camino de convertirse en un articulista que de vez en cuando dirige películas. Al menos, nervio y criterio no le faltan para desenvolverse en la columna, como lo prueba su colaboración semanal del Dominical y la diaria de El País. Si alguien se perdió alguna, la encontrará en Érase una vez (Debate), crónica de una década contada en artículos de opinión.

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MANUEL VICENT: El cronista de la transición descubre sus cartas


El escritor valenciano “vomita” sus novelas de forma compulsiva en tres meses después de dejarlas fermentar en su cabeza durante años. Pero sólo se pone a disparar cuando le obliga un contrato editorial. Así germinó, creció y vio la luz su obra de 2013, ‘El azar de la mujer rubia’, un retablo de los últimos 35 años de historia de España que ahora, en plena crisis de la transición, parece el epílogo de este período histórico.

Aunque este negocio va de verbos y sustantivos, en el principio de todo siempre hay una imagen, un fogonazo, un resplandor. Mil palabras podrán acabar valiendo más que una estampa, a veces mucho más, las hay muy buenas, pero sin la huella que esta deja en la imaginación, aquellas jamás sonarán. Manuel Vicent y su última novela son una prueba de la infinita deuda que la literatura tiene contraída con el registro visual.

Invitado a hacer arqueología por la prehistoria de esta narración, al final de ese camino el autor no encuentra otra cosa que una foto. La tomó el 17 de julio del 2008 el hijo de Adolfo Suárez en el jardín de la casa de su padre y en ella aparece el político de espaldas paseando junto al rey Juan Carlos. Así nació su último libro.

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SALMAN RUSHDIE: “No soy un mártir de la libertad, sino un simple escritor”

Has visto su foto ardiendo en el Telediario a manos de hordas islamistas que también agitaban un pelele ahorcado con su nombre. Te lo has imaginado viviendo entre sombras, proscrito, intangible como un pez abisal. Has consumido años, décadas, considerándole un icono del último tramo del siglo XX, un souvenir de una época, un renglón en los libros de Historia.

Abres la puerta de la habitación esperando encontrarte con un espectro, pero en el sofá aguarda un señor sonriente y simpático que extiende la mano con cordialidad y ofrece una conversación llena de ironía y carcajadas.

Los tiempos han cambiado. Para todos, pero muy especialmente para este hombre que ha ejercido de cadáver andante durante un importante tramo de su existencia. Hace 20 años, cuando vivía escondido de la condena a muerte que lanzó contra él el ayatolá Jomeini, este encuentro habría precisado de más medidas de seguridad que una cita con el inquilino de la Casa Blanca. Pero hoy la agenda de Salman Rushdie (Bombay, 1947) es pública y conocida y él ya no contiene la respiración al meter la llave en la cerradura de su casa.

Sin embargo, aquella época no estaba del todo cerrada. Un escritor necesita pasar a limpio su experiencia para darla por descontada, y a eso se ha dedicado el autor en Joseph Anton, su último libro, donde revisa en forma de novela los años en los que su nombre olía a azufre.

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