Caí en la RED


Internet ha trastocado el orden de las cosas. La Red se renueva cada segundo, pero no impide su análisis. Aquí se detallan algunos.


Robert Levine
El discurso que dibuja a internet como una plataforma de comunicación donde el saber debe fluir libremente, y sobre todo gratis, ha logrado dotarse de un halo de romanticismo con cierto trasfondo de rebelión popular. Planteado como un conflicto entre las poderosas empresas productoras de contenidos y los usuarios, pareciera que negar los derechos de aquellas supusiera un acto de justicia social en beneficio de estos. Hasta los piratas informáticos caen simpáticos. Suena extravagante que alguien se sienta un ladrón tras descargar ilegalmente algo de la Red.

El periodista e investigador Robert Levine propone superar esta controversia identificando a sus verdaderos protagonistas: “Esta no es una guerra entre las empresas de contenidos y los usuarios, sino entre esas compañías y las que hacen dinero en la Red aprovechándose del trabajo ajeno”, advierte en su libro Parásitos (Ariel), cuyo subtítulo da buena cuenta de lo que revelan sus páginas: “Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura”.

Sostiene que detrás de la bandera de la cultura libre en internet no hay modestos ciudadanos, sino marcas como Google, Amazon, Apple o Huffington Post, que están haciendo el agosto a costa de las empresas productoras de contenidos y de sus autores.

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El rastro que vas dejando cuando haces ‘clic’ 


El rastro de datos privados que vamos dejando al usar aparatos digitales, navegar por Internet y participar en las redes sociales cuenta ya más de nosotros que nuestra propia memoria.

La información personal de los usuarios se ha convertido en la materia prima del siglo XXI, por la que pujan las grandes entidades de la red. La Comisión Europea quiere poner orden en este mercadeo, pero la tecnología corre más que la norma. Nuestra huella digital es imborrable


¿Quién es más importante, Barack Obama o Justin Bieber? ¿A quién seguiría usted antes, a Lady Gaga o al Dalai Lama? ¿A qué conversación pegaría la oreja con más interés, a la de David Bisbal o a la de Eduardo Punset? Entre las múltiples hazañas alcanzadas por Twitter en sus seis años de vida (los cumplió en marzo), una de las más excéntricas, aunque quizá no la más original, es haber conseguido dar respuestas contrarias a la intuición a estas simples preguntas de Trivial.

Atentos a las sorpresas: según la red social del pajarito azul, el cantante adolescente es más influyente que el presidente de Estados Unidos (Bieber alcanza 100 puntos en Klout, el índice más usado para tasar la influencia que tienen los usuarios de redes sociales, frente a los 94 puntos que este medidor otorga a Obama); la capacidad de Lady Gaga para aglutinar apoyos es cinco veces mayor que la del líder tibetano, (la reina mundial de Twitter tiene 25 millones de seguidores, frente a los 4,3 que acompañan al Dalai); y lo que dice David Bisbal le interesa a quince veces más ciudadanos que las reflexiones del divulgador de Redes: 3,4 millones de followers para el cantante, frente a los 238.000 de Punset.

La resonancia mediática de Twitter y el interés popular hacia su uso están alcanzando unos niveles tan altos en tan poco tiempo que los famosos 140 caracteres llevan camino de construir un universo paralelo que no sólo ningunea las normas y el reparto de papeles que rigen en el mundo real, sino que además está empezando a influir de forma determinante en él.

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